martes, 2 de febrero de 2010

Un rayo de luz



El frío ha despertado al día domingo, tiritando y goteante; la neblina se ha tragado el horizonte y los voluntarios de la Revista Nagual (Heliana, Bubú y yo), que hemos llenado botellones con mate cocido y leche, cargamos canastos de pan y vamos rumbo a la ribera del Río de la Plata.
Allá en el fondo del camino, donde se termina el pavimento y el partido de Quilmes se desdibuja, mezclado con el campo, está el Comedor Isaías, un refugio para los chicos pobres. El barrizal parece un verdadero pantano y será difícil pasar por ahí con un coche pesado, como el Renault 18 Break, pero el auto es un «fierro» y responde a fondo.
Nos recibe Lara y enseguida, detrás de ella, aparece su primo Nahuel, de seis años, el más dicharachero del grupo. Se nos cuelga del cuello y nos besa, como si fuéramos una aparición celestial. Son las nueve y media de la mañana y ya estamos poniendo a punto la mesa. Viene Pocha, la mamá de Lara y encargada del comedor, con los manteles.
- Hay noticias muy buenas - nos dice -. Dos chicas, Graciela y Patricia, leyeron la revista y trajeron muchas cosas. Fue una suerte, porque ya estábamos escasos de comida.
Nos muestra lo que trajeron esas chicas desconocidas, que aparecieron por los confines de Quilmes con un cargamento milagroso: aceite, cacao en polvo, yerba, mermelada, harina, puré de tomate, sal, fideos, arvejas, arroz, polenta, choclo, leche larga vida y también detergente y quién sabe cuántas cosas más... El mundo tiene maneras misteriosas de funcionar, se me ocurre. Mientras algunos están haciendo todo lo posible para concentrar riquezas y no repartirlas, hay otros que dan lo que tienen (aunque no sea mucho) y convierten su actitud en un rito, el sacramento de la caridad, sin canonizaciones oficiales ni aprobación garantizada. Por aquí habían aparecido esas dos personitas anónimas, a dar algo de lo suyo. Las gracias de la Pocha se le derraman de los ojos, más que llegar a expresarse con las palabras.
Heliana y Bubú están preparando pan con manteca y mermelada, mientras aparecen los comensales del Desayuno Mágico: Rodrigo (dos años), Marina (once), Laura (doce), Lara (catorce), Ariel (seis años) y algunos más. En realidad, estoy aprendiéndome sus nombres a medida que nos hacemos amigos, justo hoy que es el Día del Amigo, vaya manera de festejarlo.
- Vamos a jugar - me dice Nahuel y me muestra una mano abarrotada de bolitas, mientras con la otra mano se ocupa del pan endulzado que lleva a su boca.
- Ahora no - le digo -. Cuando termines de comer.
El mate cocido llega humeante desde la cocina a leña que funciona en el fondo. Van apareciendo más comensales del País de las Maravillas: Yamila y su hermanita Ludmila (de seis y tres años), Gabriel (doce), Luciano y su hermano Marcos (trece y catorce años) y la hermana de ambos, otra Yamila (quince), Romina y su hermano Luchi (trece y nueve). Ah, también Isaías, de apenas dos añitos, cuyo nombre le dio lustre al letrero del comedor, dibujado sobre la pared de chapa.
El frío se cuela sin piedad por algunas hendijas del destino. Nahuel calza unos zapatos azules salidos de algún cuento de hadas, pero no tiene medias. De sólo mirarlo, me corre un escalofrío por el alma, que me lleva a contemplar la improvisada fiesta y los piecitos sin zoquetes de uno, dos, tres y cuatro chicos, y aquel otro de allá. De inmediato, saco mi libreta del bolsillo y anoto: «Conseguir medias para todos, que hace mucho frío».
Igual, todos están contentos y eso es contagiante. Los que van apareciendo se suman al ritual del «festejo sin motivo» (eso que algunos llaman infancia) con la misma simpleza de quien agradece por estar vivo. Leandro (siete años), Sergio (cuatro), Ayelén (también de cuatro), otra Romina y su hermano Tomás (once y dos años), los hermanos Aníbal, Mirta y Juan (de once, ocho y siete años), Néstor (de nueve) y otros más y más. Ah, sumemos a la lista a Rosita, que tiene sesenta años, pero muchos dicen en el barrio que tiene una «cabecita loca» de apenas ocho abriles.
A Nahuel se le caen los pantalones y su hermana Marina se los acomoda, mientras todos aplauden los «Calzoncillos Piñón Fijo» del payaso número uno del Comedor Isaías (socio perfecto del otro payaso número uno, el "Piñón Fijo" que suele aparecer por televisión), en tanto que Ayelén posa frente a la cámara de Bubú que dispara el flash de su ametralladora fotográfica para congelar con su cámara, en algún mundo fuera del tiempo, nuestro paso por la gracia del encuentro. En medio del jolgorio, yo voy anotando las cosas que hacen falta para el comedor: vasos, repasadores, toallas, lana, medias, zapatillas, papel (para escribir y dibujar), ollas, cubiertos, bolitas, qué sé yo. Falta de todo. Por cierto, conseguir comida es la tarea de toda la semana: a veces, se reúnen hasta cuarenta chicos en el comedor de mesas armadas con tablas de cajones, una tarea que sólo pudieron haber imaginado duendes anónimos.
Pocha mira de reojo y advierte que tomo notas, así que me pasa de memoria la lista de todas las personas a quienes «hay que agradecer», aunque son muchas y quizá no las recuerde a todas: Aída Comesaña, Delfina Alvarez, Ramondetti Fútbol Club, Ximena Herrera, Macario Ninguém, Norberto Gliozzi, Marta Delfina González, Chalo Agnelli, Asociación Quilmes Solidario, Patricia y Graciela (los dos ángeles), Catering Norma, Adriana González, y no alcanzo a copiar tantos otros más, porque ahora duendes y elfos están jugando a la bolita en la calle y salgo a mirar. Mujeres y varones juegan por igual (allí mismo, en el Reino de la Despreocupación), y me invitan a participar. Gabriel es el mejor y despluma con facilidad a todos, pero Laura también juega como las diosas. A Sergio se le ha caído una bolita en el zanjón de aguas verdosas que acompaña la calle suburbana desde siempre. Su cara está mostrando toda la tristeza del universo allí, al costado del zanjón, y yo lamento no tener a mano una bolita suplente, para regalársela, pero saco rápidamente de la galera una moneda de un peso y se la regalo, «para que te compres otra bolita en el kiosco», le digo. Con qué facilidad nos cambia de cara el mundo circundante si le hacemos caso. Digo esto para que se imaginen el rostro de Sergio mientras corría en busca de los demás, olvidado ya de su bolita perdida.
Heliana, que es de Leo, me viene a contar que Nahuel cumple años la semana que viene y que, por supuesto, también es del signo de Leo, «por eso está siempre contento». Además, me cuenta que piensa fabricar una torta de chocolate para ese domingo. Con una sola torta no alcanza, pienso yo. Anoto en mi libreta: «Cumpleaños de Nahuel, conseguir facturas y pedirle a Delfina que haga una torta para nuestro agasajado».
Levanto la vista y miro hacia el Río de la Plata, cargado de niebla y presagio, con un ruego mudo para que no traiga sudestada, por favor, que no queremos la Ribera inundada, estos chicos ya la están pasando bastante difícil, aunque ellos sigan jugando y todavía no sepan del todo en que lío están metidos. Sería una pena programar un buen cumpleaños y que no podamos festejar.
A mi alrededor, ahora están jugando chicos y chicas a la pelota. Algunos autos pasan por allí, rumbo a las canchas de fútbol y de hockey que funcionan en las cercanías. En una pared de chapa, alguien ha escrito con letras pequeñas: «Yo soy Dios, tú eres Dios». El mundo sigue su marcha, pero, por más que quiera pensar en ello, sus engranajes han quedado fuera de mi órbita y ahora yo formo parte del Reino de la Despreocupación. Y así juego también con los chicos, como uno más de ellos, hasta que llega la triste hora de irnos. A Nahuel no le digo nada, pero ya me imagino cómo se va a poner cuando festejemos su cumpleaños, el domingo que viene.
Heliana va al volante y los chicos revolotean alrededor del auto mientras ella maniobra para dar la vuelta sin caer en los peligrosos zanjones que bordean la calle. Saludamos a todos y todos nos saludan. Nahuel se acerca y pone algo en mi mano:
- Esto para vos, de regalo - me dice, mientras deposita una bolita en mi mano y justo arranca el auto y él viene corriendo al lado y me dice chau, chau, chau, pero no con toda mi tristeza, sino con toda su alegría, hasta que los dos sentimientos se hacen uno y él da media vuelta y sigue corriendo de retorno al comedor, en tanto nosotros tratamos de sortear el barrizal y alcanzamos la costanera en el momento exacto en que el sol perfora las nubes oscuras y logra filtrar un rayo de luz en este mundo sombrío.
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Cuento de Dionisio Mayor incluído en "Los levantinos" de Furia del Lago - Editorial Ananda

7 comentarios:

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  2. Muy conmovedora la histora. ¡Qué injusta nos parece la desigualdad!. En fin, visto desde la dualidad cotidiana el sufrimiento de estos niños no debería existir, pero que regalo de grandeza nos hacen ellos con su dulzura e inocencia.
    Tan bien transmitida está la historia que me parece haber estado allí. Gracias, un abrazo.

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  3. "La eternidad está enamorada de las producciones del tiempo".
    Ellas brillan por sí solas en la propia eternidad de su ser.
    Un abrazo.

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  4. Hola Paula: la inocencia es el tesoro que compartimos. Hace unos días me encontré con Lara, que ahora tiene 21 años. Tiene una nena de un año. Estudia y trabaja. El marido (después del trabajo) le cuida la niña mientras ella va a clases. Todos ellos hacen lo mejor que pueden. Igual que nosotros. Quizá escriba, algún día, cómo siguió la historia.
    Gracias por compartirlo.
    Dionisio...

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  5. Soledad: qué bien dicho. En algún lugar sin tiempo se conserva toda esta luz, la que se enciende con la chispa de los hechos.
    He paseado por tu blog con el mismo deleite. Que no es poco.
    Un abrazo de Dionisio

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  6. Todo era muy sencillo, muy humilde, muy escaso, pero había un brillo que le daba un color feliz a las cosas, había alegría, de esa que se da y se recibe sin emociones de autocompación ni misericordia... todo era autético, había una pasión sin abalorios y nadie se disfrazaba del otro éramos con el otro, naturalmente. Gracias Dionisio Mayor, gracias Graciela ¡Fue la mejor época de mi carrera docente!

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