sábado, 6 de febrero de 2010

¡Qué mejor que dar lo mejor!





Lo he podido comprobar a lo largo de mi vida: cambiar es fácil; lo difícil es querer cambiar.
La mayor parte de la gente vive una existencia desagradable. No le gusta el trabajo que hace, ni las cosas que ha conseguido, ni el barrio donde está, ni el país, ni la familia que le ha tocado, ni el auto que tiene... Son tantas las circunstancias que se han congregado para que esa persona no pueda vivir feliz...
Sin embargo, esas personas continúan haciendo lo mismo, uno y otro día. Y no solamente hacen lo mismo, sino que intentan hacerlo con la mismísima actitud.
Cuando yo era una niña, mi madre y yo participábamos de un juego extraordinario: lavar la vajilla. No había momento más agradable para mí que cuando terminábamos de comer. Los platos, los cubiertos y los vasos se acumulaban entonces en la mesada. Un día tenía yo que lavar los platos, otro día que secarlos y ponerlos en orden. Mi madre había convertido aquella tarea en un juego mágico desde el primer momento. No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo hicimos, sobre todo porque siempre lo hacíamos como si fuese la primera vez. Lo que sí puedo asegurar es que la magia se renovaba en cada intento.
Al principio, mi madre me puso a lavar, porque la tarea de poner la vajilla en orden era un poco más complicada. Apilábamos platos y tazas, metíamos los cubiertos dentro de la pileta y nos lanzábamos manos a la obra. Mi madre me explicaba entonces que el mundo se dividía en dos: el caos y el cosmos. El caos no es otra cosa que el desorden y el cosmos es el orden. La tarea de los seres humanos en este mundo, me decía entonces, es la de poner orden donde haya desorden. Lamentablemente, la mayoría de las personas hacen todo al revés: donde se topan con un poco de orden, ahí están ellos para convertirlo todo en un desorden. Y ni hablar cuando se encuentran con algún problema, porque no tardarán en añadir desorden al que ya sobraba.
Pero volvamos a la simple tarea de lavar los platos. Se trata de una tontería, evidentemente. Sólo hay que poner un poco de jabón o detergente en una esponja, refregar y dejarlos limpios. Hay algunas cacerolas en donde se queda “la mugre pegada”, como suele decirse, pero es cuestión de refregar con un poco más de saña. En las primeras épocas, que yo recuerde, acomodar la vajilla era mucho más difícil. Teníamos una mesada y un aparador no muy grandes, así que nos hacía falta una dosis de ingenio y de improvisación para encontrar el lugar donde poner cada cosa. Con el tiempo, sin embargo, apareció mi papá en escena. En efecto, contagiado por el entusiasmo que, sin duda, irradiábamos en la sublime tarea de lavar la vajilla, mi padre se apareció un día con unos estantes de madera y unos soportes para colocarlos. En poco rato, los ubicó en un rincón de la cocina que estaba sin uso, en donde rápidamente tuvimos siete nuevas playas de estacionamiento para platos y tazas, ralladores y cacerolas, la licuadora y el abrelatas. Aquel día, para mamá y para mí, fue una verdadera fiesta. Mi padre se había integrado al cosmos que estábamos creando. Más tarde, cuando nos mudamos de casa, la principal preocupación que tuvimos fue conseguir un lugar amplio para la cocina.
Una vez fui de visita a casa de mi amiga Lucía. Cuando terminamos de comer, le anuncié a la madre que Lucía y yo nos encargaríamos de lavar los platos. La madre se rió a carcajadas mientras yo me ponía de pie, pero entonces comprendí que Lucía estaba completamente contrariada con mi decisión. Evidentemente, ella era de esas personas que odian lavar los platos, aunque ni siquiera saben por qué. Lejos de tomar su actitud como un obstáculo, anuncié que la comida había estado tan rica que nosotras dos lo menos que podíamos hacer era contribuir con nuestra parte y lavar la vajilla. La madre de Lucía se negó a que lo hiciéramos, pero no pudo con mi entusiasmo. Mi amiga, por otra parte, se había sentido conmovida por mi agradecimiento, ya que yo elogié sin retaceos a la cocinera, así que no tuvo fuerzas para resistirse. Y para mejor, el hermano menor de Lucía se sumó a la fiesta y dijo que él también ayudaría. El padre de familia miraba la escena con ojos divertidos. En pocos minutos, habíamos revolucionado la casa. Los padres de Lucía se fueron a mirar televisión al living, mientras nosotros hacíamos y deshacíamos en la cocina.
Lo que me enseñó mi madre fue una lección para toda la vida. Se llama actitud mental positiva y es una revolución permanente. Según esta enseñanza milenaria, que lamentablemente no practican todos, cada vez que nos sumergimos en una situación nos encontramos frente a un desafío. Lo primero que piensa la mentalidad mediocre, sin embargo, es que se trata de una “bendición” o una “maldición”. Vale decir, la vida transcurre y se transforma, y a cada transformación nos exige actuar. De nosotros depende lo que hacemos con el momento presente. Podemos convertirlo en una superación, o terminar como víctimas de las circunstancias. Para la gente mediocre, la vida es una maldición o una bendición y ellos no son más que hojas al viento, que son llevadas y traídas por las circunstancias. Para la gente despierta, la vida es un desafío. Responder al desafío exige una actitud distinta, no el papel de víctima, sino el de creador.
Un día estaba yo en la escuela primaria y la maestra de Lenguaje nos dio como tarea realizar una composición determinada. Mientras volvía de camino a casa, a mí se me habían ocurrido montones de ideas para realizar la composición aquella. Pero cuantas más ideas se me acumulaban, mayor era mi desconcierto. Más tarde, cuando quise realizar la composición me encontré con que me costaba muchísimo hacerla. No sabía por dónde comenzar, ni qué final le daría, ni cuál sería su desarrollo. Después de una hora, o más, de batallar con mis dificultades, se me ocurrió contarle a mi mamá lo que pasaba.
- Esto es como el trabajo de lavar los platos - me dijo ella entonces -. ¿Recuerdas? El mundo se divide en dos: Kaos y Kosmos. Ya te dije que la tarea que tenemos los seres humanos en este mundo es la de crear, o sea, la de poner orden.
- Pero, ¿cómo hago? - me quejé -. No sé ni siquiera por dónde empezar.
- Eso es lo más fácil - me aseguró mamá -. ¿Cómo empiezas a lavar la vajilla?
- Agarro un plato y lo limpio - respondí.
- Y bueno, eso es todo- afirmó ella lo más campante-. Lo único que tienes que hacer es eso. Empezar por donde quieras y seguir.
De pronto, sentí como si ella me hubiera transmitido una cualidad invisible. Algo así como encender un fósforo apagado con otro ya prendido. Me fui corriendo a mi mesa de trabajo, escribí la primer frase que se me ocurrió y de pronto ya estaba poniendo sobre el papel aquella composición que me había pedido mi maestra. La escribí toda entera de un tirón, me saqué un diez y no me costó mucho decidir que cuando fuese grande me dedicaría al oficio de escribir.
A lo largo de mi vida enfrenté ese desafío constantemente. El mundo amenaza, en el momento presente, con transformarse en un caos. De cada uno de nosotros depende si lo ponemos en orden o añadimos más caos al que ya encontramos. De hecho, creo que cada uno de nosotros tiene el deber de dejar este mundo mejor de como lo encontró. Casi nadie cumple con ese deber, pero creo que la gran mayoría ni siquiera sabe que todos tenemos ese desafío por delante: convertir a este mundo en algo mejor. Si no lo ignorásemos, si supiéramos que vinimos a este plano de la existencia para cumplir con esa misión, no estaríamos metidos en esa idiotez criminal del “Sálvese Quien Pueda” que cultivan los mediocres.
Existe un monasterio zen, no muy lejos de Tokio, al que asisten muchos hombres de negocios, ejecutivos y líderes de distintas actividades. El maestro que dirige las actividades del monasterio suele decir algo así:
“En este lugar no tenemos ni el más mínimo sitio para supuestos místicos que cultivan una imagen exaltada de sí mismos ni para tipos soñadores que andan dejando las tazas sucias por todas partes, o dejan la cama sin tender. Aquí se medita y se lavan las tazas. Barrer y arreglar el jardín son tareas tan espirituales como sentarse a meditar. Ninguna cosa es más importante que la otra. Si ustedes quieren seguir este camino, el camino de la libertad, tienen que ser muy exigentes consigo mismos y con los demás estudiantes. Nuestra misión es la de dar lo mejor. Si la gente no es capaz de vivir en un mundo material terriblemente duro, extremadamente difícil, la meditación y el éxtasis que puedan alcanzar eventualmente no les servirán de nada, se harán humo a la primera dificultad. Hay que dominar dos realidades para transformarlas en una sola: el trabajo que estamos haciendo y la actitud con la cual encaramos ese trabajo; besar a la hija y colocar ese acto dentro del mundo más vasto de energía; comprar o vender y cultivar al mismo tiempo la suprema atención que sostiene los mundos”.
Todo esto me recuerda una frase que me regaló mi papá en las épocas difíciles de mi adolescencia: “¡Qué mejor que dar lo mejor!”
Era una frase que había escrito con caligrafía ornamental en una cartulina y que dejó pegada en la pared de mi habitación mientras yo estaba en la escuela. Ese día no me había resultado de lo mejor y llegué a casa con un ánimo de yacaré. Pensaba sólo en comer algo y tirarme a la cama para sufrir con mi destino aciago. Pero al llegar, lo primero que hice fue meterme en mi habitación y toparme con aquel letrero encima de la cama. De inmediato, mi ánimo cambió. Comprendí que no tenía sentido llorar sobre la leche derramada, como señala el refrán. Me lavé las manos (todo un ritual que simboliza también limpiarse la basura psicológica acumulada) y me dispuse a comer. Aquella tarde la disfruté como nunca. Busqué todas las maneras posibles de no dejarme abatir por las dificultades, convertí problemas en soluciones y anduve por el mundo con ánimo de conquistadora. Por la noche, después de un día eterno, caí en la cama rendida. Antes de apagar la luz del velador, alcancé a ver el letrero que me había regalado mi padre y apagué la luz con una sonrisa. ¡Qué mejor que dar lo mejor!



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Extraído de "El Amor Consciente" - Volumen Uno - Furia del Lago - Editorial Ananda

3 comentarios:

  1. "Hay que dominar dos realidades para transformarlas en una sola". Decía Jung que los opuestos son de Dios.
    Un abrazo, hermana.

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  2. ¡Qué buena frase, Furia!: CAMBIAR ES FÁCIL. LO DIFICIL ES QUERER CAMBIAR.!!!!
    ¡Revolucionaria!!! (Hagamos pancartas).
    Yo creía que cambiar era el asunto pero resulta que la clave está en querer, ahí está el territorio de la creatividad, la voluntad de entrar en el caos, ese lugar oscuro…ese lugar de incertidumbre… esa inmadurez que menciona Sábato en el prólogo a “Ferdydurke” cuando habla de “esa fuerza( …) que presiona y a menudo rompe la máscara, es decir la persona, la Forma que la convivencia y la sociedad nos obliga a adoptar…” y después dice…que “así como la inmadurez es la vida (y por lo tanto la adolescencia, el circo, el absurdo, el romanticismo, la desmesura y lo barroco), la Forma es la Madurez, pero también la fosilización, la retórica y en definitiva la muerte; una muerte (curiosa dialéctica de la existencia) que nos es imprescindible para vivir y entendernos.”
    Caos y Orden.
    Pienso: Inmadurez y Vida por un lado… y Forma, Madurez, pero también, la muerte por el otro…
    Incertidumbre y certidumbre en constante devenir.
    No pienso…
    Insight: ¡NO HAY DOS LADOS!!!!! LADOS?
    CAMBIAR ES INEVITABLE
    EL ASUNTO ES QUERER “DEJARSE FLUIR”.

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  3. Fantásticas reflexiones!!!! besos.
    Cuánto entusiasmo! es contagioso. Gracias

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