domingo, 21 de febrero de 2010

El fin del mundo




Me encuentro con alguien en un bar y me cuenta que las profecías convergentes de unos y otros señalan que, dentro de poco, se avecinan cataclismos impresionantes. El calentamiento global es lo de menos, asegura. Habrá terremotos gigantescos que van a sacudir el planeta y harán desaparecer ciudades enteras. Y como si esto fuera poco, ya están cayendo en la bancarrota económica las principales potencias del mundo (agrega). El dinero no valdrá nada y tener billetes será lo mismo que tener papeles de diario recortados. Le digo que si es así, entonces habrá guerra, puesto que las guerras consisten en saqueos y despojos económicos de los más fuertes contra los más débiles.
Me dice que deberíamos ayudarnos los unos a otros, estar preparados para estas grandes catástrofes que se avecinan. A su criterio, tendríamos que modificar las condiciones de existencia de los seres humanos en el planeta. “Deberíamos cambiar de vida”, dice.
Mi respuesta es: si viene el tsunami, aunque sepas nadar, no hay nada que hacer. Si te traga un terremoto, tampoco se puede hacer nada. Y en la guerra, habrá que buscar refugio para no quedar en medio del tiroteo. Pero si vives en Hiroshima y a cualquiera se le ocurre tirar una bomba atómica sobre la ciudad, bueno, ¿qué puedes hacer?
En definitiva, yo soy una hormiga y tú eres una hormiga, somos seres minúsculos. Si no morimos en el tsunami, moriremos en la calle, o en la cama, o en donde sea. El fin del mundo está garantizado. Pero cuando alguien quiere cambiar las cosas, lo que quiere cambiar es eso: las cosas. De su propia persona, ni habla.
Es cierto, los seres humanos vivimos en un estado de guerra permanente, los unos contra los otros. Está claro que podríamos llegar a destruir la vida entera sobre el planeta y hasta el planeta mismo. Y vivimos así, precisamente, porque cada uno ha sido educado para cultivar su propio ego. Un ego es alguien que se cree dueño de su vida. Esa es la característica principal del ego. Luego, existen otras características y cada uno cultiva sus propias plantas venenosas en ese jardín del infierno. Pero todos los egos tienen un rasgo en común: se creen los dueños de sus vidas y, por lo tanto, creen que pueden hacer esto y aquello para “cambiar las cosas”. O sea, están convencidos de que pueden manipular al mundo para obtener provecho propio. A partir de ahí, surge la psicopatía general. Todos quieren manipular a todos, cada cual pretende hacer lo que se le antoja.
Cada vez que un ego quiere “cambiar las cosas” provoca conflicto. Si en el mundo tenemos seis mil millones de egos, no es difícil imaginar que vivimos haciéndonos la vida imposible los unos a los otros. Cuando alguien dice que “deberíamos ayudarnos los unos a los otros”, quizá sería necesario tener en cuenta que hay fuertes y débiles. Los que son verdaderamente fuertes están en condiciones de ayudar a los débiles. Pero los egos piensan de otra manera: el fuerte prefiere aplastar al débil. Por lo tanto, no es realmente fuerte. Sencillamente, todos somos hormigas minúsculas en el gran hormiguero humano. Alguien se siente débil, pero de pronto se encuentra en una posición relativa de fortaleza con respecto al otro. ¿ Y qué hace? Lo aplasta. O peor todavía: lo ayuda. Le explica “cómo tiene que vivir”. Lo adoctrina para que tenga tales y cuales creencias, para que persiga ideales determinados.
Eso es lo que pasa con los niños, por ejemplo. Los niños son débiles y están en manos de los adultos. Y los adultos, como viven creyendo que son los dueños de sus vidas, les inculcan a los niños esa misma creencia: el ego.
Para sentirse el dueño de su vida, el ego empieza por creer que “tiene” una vida separada del resto de la vida. Eso es lo que les inculcan los adultos a los niños. Claro, cuando viene el tsunami, ese niño (que ahora tiene 60 años) se pregunta “quién soy yo”, porque “parece que todo lo que me dijeron era una falacia”.
Si yo no me creo una persona “dueña de mi vida”, entonces tampoco pretendo dirigir a la humanidad y explicarle “cómo debe vivir”. Sencillamente, me ocupo de mi ego. Y lo que yo veo es esto: el ego pretende ser el centro del universo y pretende que la vida me dé satisfacción. Si no lo hace, el ego se queja y se queja. Generalmente, el ego se vive quejando precisamente porque la vida no le da ninguna satisfacción. Mientras pretenda que el mundo entero le sirva en bandeja su placer, el ego chocará de narices contra todos los murallones, una y otra vez, sin cesar. Pero como los seres humanos desconocemos por completo otra manera de vivir (al menos, la cultura social no nos ha proporcionado ninguna otra), entonces continuamos reforzando el ego, encaprichándonos con sus caprichos.
Si yo me ocupo del ego, descubro que es una manera de comportarme adquirida. Una manera como cualquier otra. El resultado de todos los egos que tuvieron influencia en mí: madre, padre, hermanos, vecinos, compañeros de clase, compañeros de viaje y todo lo demás. Por supuesto, no es necesario comportarme así. Pero esa es la manera automática de comportarme: el ego. Cualquier otra, sería la manera consciente de hacer las cosas. El ego, en cierto modo, es el sueño, la inconsciencia. Y al observarlo, estoy saliendo del sueño. Así que el ego me ayuda a ser consciente. Eso es todo lo que puedo hacer: ser consciente. Principalmente y sobre todo, ser consciente de que el ego sólo puede ocasionar conflicto y más conflicto.
Cuando el ego es puesto al descubierto, desaparece. Entonces, se descubre que la vida es una sola, que no existe “tu vida” por un lado y “mi vida” por el otro lado. Es cierto que las personas están separadas y cada una anda por su lado, pero la vida es una sola. Hay muchas rosas en el rosedal, pero el perfume es uno solo.
Estoy diciendo que cuando el ego es puesto al descubierto, desaparece. Imagínense ustedes cuando están en medio del terremoto. El ego (esa persona tan especial) descubre que no existe, que tan sólo es una construcción mental y simbólica que simboliza la arrogancia personal de cada “dueño de su vida”.
Ahora están apareciendo los profetas que hablan del fin del mundo, de los grandes cataclismos y de la humanidad desaparecida para siempre. Son maneras de morir, eso es todo. Supongo que mi padre, cuando murió, habrá sentido algo por el estilo: el fin del mundo. Creemos que ese mundo es muy consistente y real, pero en cuanto desaparezco yo, desaparece el mundo.
En suma: si desaparece el ego, sólo queda el presente. Y el presente no tiene conflicto. El presente no pretende ser “otra cosa”. El presente no pretende sacarle provecho al mundo y a la vida, porque es la totalidad viviente, no está separado de la vida. Si desaparece el ego, queda el presente. Y el presente no está en conflicto con el presente ni con nada. Si desaparece el ego, también desaparece el mundo (que no es otra cosa que una idea que nos hacemos de algo que denominamos mundo). Cuando desaparece el ego aparece la energía del absoluto y eso no se parece a nada. No es mundo, no es yo, no es idea, no es realidad, no es ni siquiera nada. Es lo absoluto.
No tenemos una vida separada de la vida. Sencillamente, no “tenemos” una vida, porque somos vida. Cuando el ego descubre que no existe, se puede ver que no hay separación de ninguna especie. Y cuando el ego desaparece, cuidamos lo que nos rodea, porque lo que nos rodea somos nosotros mismos.


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Extraído de "El Fin del Mundo" - Furia del Lago - Editorial Ananda

10 comentarios:

  1. Hola Furia: muy bien, no esperemos al tsunami para que desaparezca el ego. Pongamos al descubierto al ego que desaparecerá, o sea, indaguemos sus rastros en nosotros mismos, no es difícil encontrarlos, están a la vista, darse cuenta de dónde vienen. Una indagación sin engaños, porque de nada sirve estar mintiéndonos. La verdad está en nosotros no hace falta ir a buscarla a ninguna parte.

    Gracias Furia por tu inspiración.

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  2. Hay tanta materia prima en esto, que voy degustándola poco a poco. Por ejemplo: no tenemos una vida porque somos vida. Eso es para partir el cráneo de cualquier monje zen. Pero, claro, a un obtuso como el ego (hablo de mí, por supuesto) tarda un poco más en hacerle algún efecto...

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  3. hola ;Como dice furia no tenemos vida porque somos vida ,pero el universo tambien está vivo y si nuestra conección es una conección con mucho ego y maldad el universo te devuelbe un tsunami.

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  4. No se me ocurre de qué manera atajar un tsunami.
    Es como querer tapar el sol con un dedo. Y encima... un dedo de hormiga!!!!
    Habrá que aprender el arte de la espontaneidad.
    Aunque no creo que haya ningún curso sobre eso...

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  5. Nuestra única misión es parar nuestra guerra y dar Amor. El resto ya no depende de nosotros.
    Podemos empezar ahora mismo ...
    Gracias por tu entrada.
    Un abrazo muy luminoso para tí, Sina

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  6. Hola, Paula. No hace falta ir a buscar la verdad a ninguna parte. Aquí estamos. Y eso es todo. Aquí estamos, ya lo ves, en contacto. Gracias por la visita

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  7. Hola, Oso, me gusta el obtuso que se ríe del obtuso. Mientras se avecina lo inevitable, cuya forma desconocemos, nos reímos un poco de nosotros mismos. Je

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  8. Hola, Nanako. Somos vida que transmite vida. Y nosotros somos la prueba. Besoto sin distancia...

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  9. Qué tal, Mutis. Hay un curso muy bueno, pero te cuesta la vida. El presente es el arte de la espontaneidad. En cuanto a las maneras de atajar el tsunami, todas han demostrado su ineficacia. Y son bastante cómicas todas ellas. Creo que te reirías bastante si hicieras un inventario. Un abrazo a la escapada...

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  10. Hola, Sina. Acabo de venir de tu blog (www.yamuna-gotasdeluz.blogspot.com, que se lo recomiendo a todos. Allí me encontré con un magnífico relato de un chico de seis años que me llenó de regocijo. Ahora vengo a este sitio y me encuentro con tu mensaje: "Podemos empezar ahora mismo". Sí, ya mismo terminar con toda guerra que anide por dentro de nosotros y sacar el amor que tenemos encerrado. Ahora mismo. Me abrazo a tu abrazo luminoso...

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