viernes, 5 de febrero de 2010

Sin excusas


Tengo una amiga que cultiva la costumbre, no tan inconsciente, de pedir, pedir y pedir. Ella está viviendo tan sólo para pedir. Tanto yo como algunas otras personas le hemos dicho ya que vivir como una especie de mendiga no es bueno ni saludable. Pero ella no puede salirse de ahí, es como un vicio, es más fuerte que ella. Siempre encuentra una excusa para pedirle amor a la vida, pedirle dinero, pedirle felicidad y un montón de etcéteras. El caso de ella para mí es emblemático, porque así es como la vida se nos vuelve una tremenda pesadilla: cuando le exigimos que nos rinda culto y que nos brinde lo que deseamos. Pero no hay forma de usar la lógica contra el deseo. Porque el deseo siempre habrá de hallar una excusa para permanecer ahí, rozagante y ansioso.
Esto me recuerda el caso del labrador que llevó su camioneta al mecánico para que la arreglase. Como no iban a tenerla lista pronto, decidió volverse caminando a su granja, que no quedaba lejos. Al ir saliendo del pueblo se detuvo en la ferretería para comprar un cubo y un tarro de pintura. Después pasó por una carnicería cercana y compró dos pollos y un pedazo de cordero. Pero al salir de la carnicería, se dio cuenta de que tenía un problema: ¿cómo llevar a su casa todo lo que había comprado? Mientras se rascaba la cabeza, se le acercó una ancianita y le dijo que estaba perdida. La mujer le preguntó:
- ¿Podría decirme cómo hago para llegar a la granja de los Rodríguez?
- Bueno, en realidad mi granja está muy cerca de la de ellos. Con gusto la acompañaría hasta allá, pero justamente me había quedado pensando que no puedo llevar yo solo, a lo largo del camino, todas estas cosas que compré.
- ¿Y por qué no pone la lata de pintura en el cubo, agarra el cubo con la mano, se pone un pollo debajo de cada brazo y lleva el cordero con la otra mano?
El hombre la miró sorprendido y dijo:
- ¿Sabe que tiene razón?
Así fue como hicieron y se pusieron a caminar, el hombre rumbo a su granja y la mujer a su lado, para ir ella a la granja de los Rodríguez.
A los cinco minutos, el hombre dijo:
- Tomemos un atajo que pasa por este monte; así nos ahorramos un montón de camino.
La viejita lo miró cautelosamente y le dijo:
- Yo soy una viuda solitaria, sin marido que me defienda. ¿Cómo sé que usted, cuando entremos en el monte, no me va a poner contra un árbol y me va a violar?
- ¡Dios santo, señora! Estoy cargando un cubo, una lata de cinco litros de pintura, dos pollos y un cuarto de cordero. ¿Me quiere decir cómo hago yo para ponerla contra un árbol y violarla?
- Ponga el tarro de pintura en el suelo, arriba ponga el cubo, dentro del cubo el cordero y yo le sostengo los pollos.
Somos así: buscamos siempre una excusa para salirnos con la nuestra y tenemos la mente más retorcida del mundo trabajando sin cesar para conseguirlo. Pero, claro, eso provoca un conflicto. Nadie puede salirse con la suya. La vida es demasiado grande, infinita. Y nuestra vida, esa posesión que reclamamos como “nuestra” es infinitamente pequeña. Tan pequeña que es provisoria, tan poca cosa que apenas parece una gota en el océano.
Cuando seamos capaces de quedarnos sin excusas, cuando tengamos la valentía de afrontar la Gran Vida y dejar de lado los caprichos de nuestra pequeña vida, entonces puede ser que aflore dentro de nosotros esa gran alegría que no tiene motivo, que surge porque sí, que aflora porque siempre vive su propia primavera. La alegría de vivir.


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Extraído de "Guía para Vivir de Buen Humor" de Dionisio Mayor - Editorial Ananda

1 comentario:

  1. La alegría de vivir... quedarse sin excusas, quedarse sin deseo, quedarse sin buscar...
    Muy bueno el chiste de la viejita. Hago honor a mi apellido: Jajaja

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