domingo, 7 de febrero de 2010

Descenso y retorno




Por la noche, en medio del sueño, alguien ha construido una escalera caracol en una depresión del jardín, porque ahora Ulises Ursino y Selene del Giorno la ven, abierta entre las rosas, descender hacia la niebla de colores que hunde sus peldaños en el misterio.
“No deberíamos bajar”, piensa Selene, pero no le gusta sucumbir al miedo y sigue los pasos descendentes de Ulises. A medida que avanzan hacia la profundidad vaporosa, los escalones pierden consistencia. Ulises resbala y va cayendo por un lodazal inclinado. Selene grita y pierde también el equilibrio. La caída parece interminable, pero de pronto Selene choca con el cuerpo de Ulises, ambos en posición horizontal.
Después de un rato, mientras sus ojos tratan de acomodarse a la nueva situación, Ulises pregunta:
- ¿Dónde estamos?
Selene ni siquiera responde. Se oyen voces, no muy lejanas. Resbalando y sufriendo, Selene y Ulises buscan a tientas en la oscuridad. Rápidamente se descubren rodeados por figuras humanas que deambulan y desvarían sin rumbo. La oscuridad del lugar les impide distinguirlos, pero a fuerza de estar ahí sus ojos van recuperando la capacidad de percepción. Un hombre, andrajoso y alicaído, dialoga con su amigo imaginario. Una joven anda con los brazos en alto, tratando de atrapar burbujas que flotan en el aire. Más allá, un muchacho golpea con sus dedos, rítmicamente, una mesa. Una señora está mirando una pantalla de televisión vacía y es probable que lleve así horas, días o años. Pero la noción del tiempo y la del espacio, que en otra época les han parecido automáticas y simples, ha desaparecido del manojo de conocimientos de Ulises y Selene. Apenas si se reconocen entre sí, pero un miedo creciente les invade: han caído en un infierno. ¿Cómo salir de ahí?
- Trata de recordar algo – le dice Ulises.
- No recuerdo nada – replica ella.
- Algo, algo – insiste Ulises.
Pero Selene mueve la cabeza con pesar, angustiada. La visión de ese lugar, donde se amontonan las almas en pena, les causa terror a los dos.
- Tenemos que salir de aquí.
- Pero es que no recuerdo a dónde – responde Ulises.
- No sabemos más quiénes somos – agrega Selene.
- Si lo supiéramos, saldríamos de aquí en seguida – afirma él.
Selene se sienta en el suelo y con el dedo está dibujando garabatos. Ulises resopla con furia. No es el momento de hacerse la niña, piensa, desesperado. Siente que un solo minuto más en ese lugar puede ser fatal. Tiene miedo de quedar allí para siempre, como todos esos fantasmas que siguen deambulando a su alrededor. De solo verlos, Ulises entra en pánico. Por eso, sigue con la mirada clavada en el piso.
- ¿Qué estás haciendo? – le pregunta a Selene.
Ella permanece ahí, sentada en el piso, con sus garabatos. Pero Ulises se agacha y mira. Entonces le pregunta qué es eso.
- Estoy aprendiendo a escribir – le responde ella, con la mirada un poco extraviada y la sonrisa congelada.
- No entiendo – dice Ulises -. ¿Qué es eso?
- Esto es una letra – responde Selene.
Ulises mira y trata de recordar. Es como si en el fondo de su abismo personal hubiera un lugar donde todo eso tiene sentido. Selene juega con una letra y otra, las combina, luego las borra con un gesto ligero y vuelve a escribir sobre la tierra. De repente, se queda en trance, como si un descubrimiento la hubiese apuñalado.
- ¿Qué pasa, qué pasa? – inquiere Ulises con angustia.
- Aquí dice “amor” – descubre Selene.
Un viento no muy fuerte los sacude, pero ellos miran en la dirección indicada por la ráfaga y descubren una especie de abertura luminosa. De repente, han recuperado la sensación de ser ellos mismos. Selene se pone de pie en un salto, se dan la mano y salen corriendo hacia el lugar luminoso. Ulises da vuelta la cabeza y les grita a los fantasmas:
- ¡Vengan, vengan, aquí está la salida!
Pero nadie lo escucha, así que los dos salen corriendo hacia un lugar cada vez más nítido. Árboles y plantas esbozan sus figuras, más allá se ve una calle: están en el campus universitario de la Facultad de Ciencias Inexactas. Los dos caminan alborozados por un mediodía radiante. Franca La Volpe les sale al paso y les comenta que tienen caras de haber dormido mal.
- Tuvimos una pesadilla – dice Ulises.
Pero aprieta la mano de Selene y eso parece indicar que ninguno de los dos contará su experiencia. Al menos, por el momento.


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Extraído de "Huecos en la Enredadera" - Furia del Lago - Editorial Ananda



5 comentarios:

  1. Sincronicidad. En lo del descenso andaba yo estos días (el de Inanna, Perséfone, Cristo... el descenso nuestro de cada día). Y el amor como ovillo de Ariadna... Gracias, Furia, por poner nombre, por dar expresión a la clave.

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  2. Sí, Soledad. Desconocerse parece oscuro, pero recordarse a sí mismo, aun en la oscuridad, puede llevar a la luz siempre nueva. Gracias a ti por el viaje compartido... Abrazo...

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  3. Muy buena alegoría del infierno en que nos sumimos si nos "olvidamos de recordarnos".
    (Recordarse a sí mismo todo el tiempo, hacer ese vacío que responda en silencio a la pregunta: ¿Quién soy?)
    Y no perderse... para eso hay que encontrar un camino que tenga corazón...
    Don Juan le decía esto a su discípulo Carlos Castaneda:
    "Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta: ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Todos los caminos son lo mismo, no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no... Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita."

    Furia, el arte de combinar las palabras, es tu camino con corazón ¿no?

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  4. Las palabras, por lo común, se utilizan para organizar lo conocido. Pero he descubierto que se puede hablar de lo desconocido con un lenguaje que va más allá de la conversación, el lenguaje poético. Ese es mi camino con corazón, compartir el mundo del misterio.

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  5. La poesía al poder!!!!! gracias Furia.

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