lunes, 8 de febrero de 2010

El camino de regreso





Apuntes tomados del diario de Phanta






¿Es posible volver al Paraíso? La perspectiva puede incendiar los corazones de los más gélidos animaloides. Yo inclusive diría que no existe ningún otro tesoro para el ser humano. Cada uno de nosotros está buscando el Paraíso Perdido. Cada uno a su manera. Y lo terriblemente irónico del asunto es que, cuanto más lo buscan, más se alejan de él.




Cuando estabas en el Paraíso eras nadie. ¿Qué significa eso? Que eras inocente. Y para mejor darle calce, podríamos acudir a la imagen del niño que todavía no está socializado. Ese niño es nadie. Tiene conocimiento, sí. El suyo es un conocimiento progresivo pero no acumulativo. No acumula lo que conoce porque no tiene un acumulador, no tiene personalidad. Todo esto se refiere a la etapa de tu vida que ha quedado en la nebulosa, fuera del ámbito de la memoria. Por eso, de toda esa época, no recuerdas nada. Luego aparece el acumulador, la personalidad.




Antes de venir a este mundo de la forma, estábamos en el Paraíso. Yo era nadie, tú eras nadie. Al nacer, te conviertes en alguien. Todavía no lo sabes, pero has venido a la fábrica de productos exclusivos, únicos. Cada cual es convertido en una persona única, exclusiva y excluyente, separada, independiente, con vida propia. El recién nacido es conciencia pero no tiene conciencia, tal como ha sido dicho. Al tener conciencia, su conciencia de ser se acrecienta. En eso consiste el juego. Al darte cuenta de lo que no eres, te das cuenta de lo que eres. El nacimiento y la muerte hacen que cobres conciencia de la vida.





Un bar enorme sobre una terraza. Una risa se quiebra cerca y se diluye lejos. Una conversión crepita en la mesa de al lado. Alguna cucharita tintinea contra el pocillo, las historias se devoran entre sí, los pasos del adiós están llegando.
En una mesa cercana, un hombre de pelo cano y remera deportiva deja que las manos del sol acaricien su rostro y está hundido en el sopor sin horario de la sobremesa.

Siesta en el sol.
De sueños luminosos
brotan sonrisas.





No es improbable que alguien se pregunte, alguna vez en su vida, qué ha venido a hacer a este mundo. El hombre ha venido a buscar a su mujer. La mujer a su hombre. ¿Dónde hallará a la otra mitad? En donde la dejaron, ahí, en el lugar donde los dos estaban unidos.
Eso puede ser tan sólo una creencia. Pero ese lugar no está muy lejos. Está dentro de ti.



Ha sido dicho y escrito: el Reino de los Cielos está dentro de ti. Es un aviso para que no sigas buscando. Es inútil que busques.




Flora Espinosa, por su parte, señala que el Paraíso es la Presencia. Y que, por lo tanto, hay que dejar de buscarlo. Esto pone de muy malhumor a los buscadores.



Dicho por Kafka: “Hay una meta, pero no hay camino; lo que llamamos camino es vacilación”.
La meta es el lugar al cual has llegado, en donde estás ahora.


Cerca de casa, un archipiélago de plazoletas alberga de vez en cuando ferias de artesanos donde se congregan payasos y malabaristas, estatuas vivientes y reposteros de pasteles, teatros de títeres y cantantes de escenarios improvisados.
Un paseo por el lugar permite a la persona disolverse entre las personas. Una manera simple de percibir lo que es.




Alguien quiere volver al Paraíso. Requisito para entrar: ser nadie.




La existencia del ser humano (ese paso por este mundo del que dan cuenta las fotografías) es una parábola. De ser nadie te conviertes en alguien para finalmente volver a ser nadie.






Al hacerse revelación que la expulsión del Paraíso es la expulsión del Presente, la conciencia que ha tomado forma de persona comprende que “alguien” se ha separado de la Presencia. Ese “alguien” es lo que llama “yo”.



Mientras concibas al “yo” como una vida separada de la vida (de la totalidad de la vida) estás encerrado en una cámara de torturas llamada “yo”.



Hay que aclarar esto: el “yo” que no puede estar presente, el personaje que está separado de la presencia, es lo que se define como Ego. Queda por cierto, entonces, que el Ego es un cúmulo de excusas para no vivir en el Presente.



Por supuesto, nadie afirmaría de su propia persona: “Soy un cúmulo de excusas para no vivir el Presente”. Pero diría: tengo mis predilecciones, mi manera de ser, mi comportamiento habitual, y cosas por el estilo. Para el caso, da lo mismo.



Prefieres ser el Ego que ser el Paraíso. Ahí tienes una síntesis acabada de “tu” vida. Te has conseguido una vida propia. En eso consiste el destierro del Paraíso.



Un guerrero llamado Nobushige fue a visitar a Hakuin, a quien le preguntó: “¿Existen realmente un paraíso y un infierno?”
Hakuin lo miró fieramente y, a su vez, le preguntó: “¿Quién eres tú?”
“Soy un samurai”, replicó el guerrero.
“¿Tú un guerrero? ¿Con esa cara de inútil? No puedo creerlo. No creo que sirvas ni para matar una mosca”, le dijo Hakuin en franco tono de burla.
El rostro del samurai se puso súbitamente rojo y parecía que le salía humo por las orejas. Era evidente que estaba sufriendo un ataque de ira, porque su mano agarró de inmediato la espada y la sacó de la vaina.
“Ah, tienes una espada”, siguió diciendo Hakuin, tranquilamente. “No creo que sirva para hacerme callar”.
El samurai, frenético de ira, levantó la espada sobre su cabeza y entonces vio que Hakuin, con el dedo índice casi encima de su nariz, le decía: “Aquí se abren las puertas del infierno”.
El samurai, una persona muy disciplinada, de repente comprendió lo que estaba pasando, y entonces aflojó la mano, bajó la espada y la guardó sumisamente en la vaina.
“Aquí se abren las puertas del Paraíso”, dijo Hakuin.




El así llamado buscador espiritual siempre aparece por ahí, toca la puerta del famoso, acude al que otros consideran maestro. Si se encuentra con Hakuin, se topará de repente con su Ego propio, con eso que llama “yo”.


Ahí nomás, en una de las plazoletas más grandes, algunos Hare Krishna están cantando una canción que no se sabe cuándo ha empezado ni cuando terminará. Una señora pasa por detrás de los músicos y los pies se le escapan en una danza imprevista. Se pone a girar y girar. Uno de los sanyasins, de algún bolsillo recóndito, saca de su túnica una cámara digital y estampa una foto en el misterio del mundo. Los colores de las ropas y del jardín armonizan con el flujo de la tabla, los chinchines, el armonio.
Uno de ellos me ve escribir un haikú y viene a conversar conmigo. Se lo regalo:

Remonta el cielo
la canción infinita
del Hare Krishna.




Hagamos un repaso: el Ego del samurai quiere mejorar su vida, quiere alcanzar estados espirituales más elevados, quiere seguir un camino en el que pueda conseguir o adquirir un bienestar permanente. En lo fundamental, no se diferencia para nada de cualquier otro Ego que anda suelto por ahí, de alguien que por ejemplo quiere conseguir mayores riquezas, hacer negocios en gran escala, o alcanzar una fama superlativa, o conseguir un prestigio determinado en la ciencia, el arte, los deportes, o lo que sea.
En el fondo, cada cual reconoce que está buscando el camino de regreso al Paraíso. No importa cómo lo llame.


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Extraído de "El Arte Viviente", novela de Vita Preziosa - Editorial Ananda


2 comentarios:

  1. En el paraíso estamos desnudos. En el paraíso no hay diferencia... así como en el brillo de tus ojos, Preziosa Vita, los samurais, los hare krishna y los Kafkas conforman un único mantra.
    ¡Que pródigo y prodigioso este blog!!!
    Un hallazgo

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  2. Gracias Regina Hay que hacerse un lugar donde ser la Reina y qué mejor que el Paraíso...
    Precio de la entrada: el Ego...
    Un abrazo

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