sábado, 9 de enero de 2010

La Fontana Esencial



La historia que voy a referir pudo haber comenzado, arbitrariamente, en las primeras décadas del Siglo Diecinueve. Pero, con rigor menos difuso, podría decirse que proviene del fondo de los tiempos.
En 1836, la casualidad (que nunca es fortuita) puso a Henri Trezeguet en contacto con una misteriosa cuartilla elaborada en perfecto francés que describía una curiosa forma de concebir el vínculo religioso con el Más Allá o, como decía textualmente, con Dios. De hecho, más parecía provenir del Más Allá que dirigirse hacia sus altas moradas.
Trezeguet, profesor de la Academia de Historia de París, estaba en Estambul, invitado por Abdul Emre, un colega suyo, a participar de una investigación acerca del legendario rey Constantino. Emre, aunque turco de nacimiento, había pasado muchos años en Austria, Suiza y Francia, y en París había estrechado una profesional amistad con Trezeguet que ambos tenían en mayor estima que los frívolos acercamientos que utiliza la gente para relacionarse socialmente. Al segundo día de la visita de Trezeguet a Estambul, su amigo le hizo conocer el extraño texto que, según refirió, fue hallado por uno de los estudiantes que integraban su equipo de apoyo. El estudiante, que ignoraba el idioma en que había sido escrito aquel texto, incluso su alfabeto, se lo pasó al profesor Emre pocos días antes de la llegada de Trezeguet. Ambos se sintieron perplejos por el hallazgo, sobre todo por su provocador contenido, que era éste:
Yo soy Dios, tú eres Dios. Así como habito en el Universo, el Universo habita en mí. Si te hago daño, me hago daño. Si perjudico al planeta Tierra, arruino mi casa. Si acaso siembro veneno, cosecharé la enfermedad.
Yo soy Dios, tú eres Dios. Cada uno de nosotros es Dios buscando a Dios. Tal es el juego del Universo: el buscador es lo buscado. Todo está en todo. El observador es lo observado.
Yo soy Dios, tú eres Dios. Estamos unidos en lo más íntimo. Por más que los rostros, los idiomas y las ideas pretendan separarnos, el mundo entero habita en ti, habita en mí. Los que se imaginan separados, son leña del infierno.
Yo soy Dios, tú eres Dios. Esta es la comunión. Este es el camino de retorno al Paraíso.

Era prácticamente imposible hallar algo semejante en la literatura religiosa de aquella época. Trezeguet era un católico practicante y Emre un musulmán erudito, conocedor memorioso de muchas páginas del Corán y visitante repetido de La Meca en piadosas peregrinaciones. Pero ninguno de los dos podía, escarbando en su memoria, suponer de dónde provenía la rara cuartilla manuscrita. ¿Qué extraño culto era aquél que le adjudicaba la divinidad, sin penurias ni tampoco intermediarios, a los seres humanos? ¿Qué increíble práctica se otorgaba a sí misma un grado de iluminación que ni los santos dijeron conocer jamás? Era demasiado difícil encontrar algún rastro que condujese a la respuesta exacta, aquélla que ambiciona en lo más profundo de su curiosidad cualquier historiador.
No me consta que Emre hubiera mencionado, para darle más abono a la perplejidad de Trezeguet, el caso de Mansur, un poeta sufí que murió decapitado unos mil años antes en Khorasán, luego de haber proclamado en la plaza pública sin arrepentimiento: «¡Yo soy Dios!». Pero es probable que haya conocido la historia.
El que sí menciona el caso de Mansur es el profesor Edmund Pierce, de Cambridge, en su «Natural History of Religions» (de 1920), donde además habla profusamente del descubrimiento de Trezeguet y Emre, pero no sólo eso: en el capítulo correspondiente menciona el caso de los «levantinos», una especie de movimiento al que localiza en la ciudad española de Alicante, pero con fecundas ramificaciones en lugares tan dispares como Copenhague, Marsella, Amberes, Praga, Milano, Barcelona y muchos otros.
Según Pierce, los levantinos solían reunirse en círculo en alguna casa cualquiera y uno de ellos leía en voz alta la oración que ya hemos visto, luego de lo cual todos ellos se ponían a conversar acerca de las sugerencias que extraían de sus propuestas y de la aplicación práctica que tenía en sus propias vidas. Pero este prestigioso antropólogo no incluye ninguna precisión en cuanto a las fuentes. Menciona la febril actividad de los levantinos, como si se tratara de una noticia difundida con suficiente conocimiento público, cuando es evidente que sus actividades organizadas eran todo un misterio.
Pierce menciona taxativamente a Emre y Trezeguet, pero sigue sin dar con el origen de aquella misteriosa oración hallada en las providenciales hojas de un libro mimetizado en una biblioteca turca.
Sin embargo, el investigador peruano Héctor Escalante, en su celebrado ensayo sobre «La Rama Dorada», de James Frazer, daba por cierta la existencia de los «auto-devotos» (como él los llama) en el Brasil colonial del siglo Dieciocho. La tesis de Escalante (publicada en 1982) sostiene que el culto viajó de la India a Portugal más de doscientos años antes, pero en el país europeo no tuvo tanto éxito como en su colonia más grande.
También en el año 1982 se conocieron en Spartanburg, (Carolina del Sur, USA) las profecías de Norman Seamus Donovan, un adolescente de catorce años, quien aseguraba que él era Dios y que cada uno de los seres humanos es Dios. Donovan predijo que de 1991 a 2002 se difundiría por todo el orbe conocido como sociedad humana el credo de los levantinos, con una fuerza tan grande que las religiones tradicionales se tambalearían bajo el peso de la evidencia. En una declaración suya, que se difundió con éxito irresistible por aquel entonces, decía: «El ser humano vive creyendo que es lo que no es. Y anda buscando a Dios por todas partes, aunque se proclame ateo y a su búsqueda la llame con otros nombres. Lo paradójico es que busca a Dios en todas partes porque ignora que cada uno de nosotros es Dios. Si lo supiera, su búsqueda habría terminado y ya estaría comenzando a edificar el Paraíso aquí en la Tierra».
No obstante, Donovan consideraba (con una certeza de tono matemático) que a partir del año 2002 existiría un conocimiento tal de lo que él llamaba «nuestra condición esencial», que el trabajo para construir el Paraíso en la Tierra se iniciaría con un rigor inusitado.
Sus declaraciones coinciden en gran volumen con los dichos del uruguayo Jesús Amadeo César, un anciano que nunca publicó ningún trabajo escrito, pero cuyos testimonios orales fueron recogidos fielmente por algunos seguidores. Según César, algunos personajes famosos como Aldous Huxley, Jorge Luis Borges, David Herbert Lawrence, Leonardo Da Vinci, Meister Eckhardt, Hildegard Von Bingen, Giordano Bruno, Teofastro Paracelso, Rainer María Rilke, Jalaluddin Rumi, Michelangelo Buonarrotti, William Blake, Nissargadatta Maharaj, León Tolstoi, Hyeronimus Bosch y muchos otros más, habían pertenecido al movimiento que ahora nombramos como «Los Levantinos», pero que en otras épocas fue conocido como «La Fontana Esencial». Esas declaraciones fueron formuladas por César en 1983 a una revista que circuló de manera irregular de 1980 a 1991 en San Pablo, Brasil, llamada «Mescalito». No se sabe si Borges (que murió en 1986) llegó a tener noticia de esos dichos de César, pero no se conoce que los haya refutado.
De Donovan se supo que sus padres lo trasladaron a New York a sus quince años y nunca más volvió a saberse de él. En cuanto a César, se mudó a Madrid en 1984 y se le perdió el rastro. Cuando viajó, contaba con 79 años de edad.
Ya para entonces circulaba en California el libro de Alan Watts titulado «El Arte de ser Dios» y eran traducidas al italiano, el inglés, el francés y el castellano, las conversaciones que Nissargadatta Maharaj mantuvo en Bombay con visitantes ocasionales. Las conversaciones fueron grabadas y reproducidas en varios tomos por Maurice Frydman, un polaco que vivía en la India y que frecuentaba la compañía de Maharaj.
En Estocolmo, el poeta Gunnar Johansen había declarado tiempo atrás que la búsqueda esencial del hombre termina en el momento en que se proclama: «Yo soy Dios».
En su trabajo titulado «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», el argentino Jorge Luis Borges introduce un párrafo que dice: «A los cien años de enunciado el problema, un pensador no menos brillante que el heresiarca, pero de tradición ortodoxa, formuló una hipótesis muy audaz. Esa conjetura feliz afirma que hay un solo sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo y que éstos son los órganos y máscaras de la divinidad».
En su profunda investigación titulada «The Seat of the Soul», Gary Zukav declara:
«Siempre has existido, porque aquello que eres tú no es otra cosa que Dios, o inteligencia divina, pero Dios asume formas individuales, gotitas de agua, reduciendo su poder a pequeñas partículas de conciencia individual. Se trata de una reducción masiva de energía, aunque esa energía es tan completa en aquella gota como lo es en la totalidad. Es tan inmortal y tan creativa y tan expresiva, pero en ése, su tamaño tan diminuto, la energía que posee ha quedado adecuadamente reducida a esa forma. A medida que esa pequeña forma va creciendo en energía, en personalidad y en la propia conciencia que tiene de sí misma, se va haciendo mayor y más parecida a Dios. Finalmente se convierte en Dios».
Sí, dice Dionisio Mayor, el autor de «Poemas a la Diosa», somos «el absoluto compuesto de todo y nada al mismo tiempo, el sitio donde se unen el nacimiento y la muerte - el instante - para crear la eternidad de la vida». Somos esa búsqueda y ese juego, agrega, «el juego de Dios que se pierde en cada uno de nosotros y en cada uno se busca». ¿Acaso no estamos buscando permanentemente? «El que tiene hambre busca comida - dice Dionisio Mayor -, el que tiene sueño busca reposo, el que sufre del calor se traslada hacia la sombra... Todos estamos buscando algo, y ese algo es el Absoluto que mora en cada uno de nosotros».
Hay que ver cómo se facilitan las cosas cuando uno es capaz de concebir lo inconcebible.
«Usted piense que es Dios. Que Dios es Dios a través de usted. Que Dios a usted lo usa para ser Dios. Que me usa a mí para ser Dios. Usted piense que es Dios disfrazado de usted, y yo soy Dios disfrazado de mí. Y si ahora yo le preguntara quién es, y usted me dijera «Soy Dios»; si ni antes de eso ni después de eso supiéramos nada más de nosotros, si no tuviéramos un nombre, una identidad, unas vivencias, si todo lo que fuéramos fuera igual a lo que es todo lo demás, ¿no le parece que habría menos problemas, señor? ¿No le parece que con saber eso no sólo nos bastaría sino que nos ahorraríamos muchas desgracias?»
Eso es lo que Braulio López le dice a Sebastián Nazar en «Viaje de Vuelta al Jardín», el libro de Verónica Fernández - Muro. Lo que nos dice a cualquiera de nosotros, los que andamos a la búsqueda.
- ¿Qué gano con ello? - le preguntó un visitante a Nissargadatta Maharaj.
- No gana nada - le respondió su interlocutor -. Simplemente abandona lo que no es suyo y encuentra lo que nunca perdió: su propio ser.
Yo soy Dios, tú eres Dios. Como decían y siguen diciendo los levantinos en su oración. Yo soy Dios, tú eres Dios. Y eso lo simplifica todo...
Furia del Lago - "Los Levantinos" - Editorial Ananda

1 comentario:

  1. Cuando lo leí por primera vez quedé sorprendida. Es un impacto. Realmente creo que los levantinos son una revolución. La comprensión es inmediata: "Yo soy Dios y tú eres Dios". Si esto es así, quiero decir, si somos conscientes de que es así, realmente, entonces ya no existe la distancia entre "tú" y "yo". Desaparece la construcción egoica de la sociedad. Las infinitas pugnas por el poder y las pujas interminables por imponer cada cual su punto de vista (o sus intereses) se diluyen sin más excusas. Ha llegado la hora de tomar conciencia. Espero ver más artículos de los levantinos. Felicidades!

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