domingo, 31 de enero de 2010

Carne de manicomio



Tal como Ramana Maharshi ha dicho, existe la creencia de que no estamos iluminados. Esa creencia, enmarañada en millones de hábitos sociales y ritos tradicionales, es un enigma sólido que no te deja fluir.
Extraviado entre los buscadores de horizontes, ¿qué otra cosa pudiste haber aprendido, sino esa misma pasión por los espejos deformantes de la imaginación que no te dejan ser?
Es así: hablas contigo mismo porque lo has aprendido de los otros. Si un niño crece en un manicomio, terminará por copiar todas las manías de los locos. Ahora bien, supongamos que tú has pasado tu niñez en un manicomio; ¿cómo es que no sabes distinguir lo artificial de lo natural? Tú eres quien eres, no lo que te dicen los demás que eres.
Pero tu cabeza se mantiene en ebullición, hierve con ideas ajenas y los ecos de sus palabras. Eso es artificial; no hace falta que yo te lo diga.
«Es que si dejo de hablar conmigo mismo, me siento como si estuviera sumergido en un abismo y eso me angustia», dices en tono de lástima. Eso es lo natural. Te has alejado tanto de lo natural que le tienes miedo a tu propia soledad y te espanta la mera palabra «libertad».
No obstante, debo decirte que traigo buenas noticias para ti: no tienes que hacer nada. Dices y repites: «Tengo que dejar de hablar conmigo mismo». Eso es una tontería. Tú no puedes dejar de hablar contigo mismo. ¿Y por qué no? Precisamente porque tú eres «el que habla consigo mismo». Ese loco eres tú. Mejor dicho: tú crees que eres el que habla consigo mismo. Estás convencido de ello. Y de pronto aparece alguien que te dice: «No, tú no eres la luna, eres el sol». Y eso te asusta. Resulta que has creído en una fantasía y aparece alguien a molestarte. Estabas durmiendo plácidamente, pero alguien te sacude y entonces descubres que estabas en una cama y es hora de levantarse para ir a trabajar. ¡Qué molestia! Tú quieres seguir durmiendo.
De manera que te comportas como alguien que habla consigo mismo. Y de pronto, consciente de tu locura, dices: «Debo dejar de hablar conmigo mismo». Aquí tenemos al loco que se quiere sentar en dos sillas al mismo tiempo.
Insisto: no tienes que hacer nada. ¿Y sabes por qué? Porque en realidad, tú nunca has hecho nada. Todo te ha sucedido. (Caramba, reflexiona el loco que tienes entre paréntesis; esto ya es más disparatado. ¿Cómo puede ser que yo nunca haya hecho nada?).
Pues bien, así son las cosas. ¿Tú crees que la semilla hace algo para que el árbol crezca? No hace nada. El árbol que está dentro de ella pugna por salir y sale. Te pido, entonces, que guardes esta simple analogía para volver luego a ella.
Me dices: «Si dejo de hablar conmigo mismo, caigo en un abismo inmenso». Claro, y eso te asusta. Pero vamos a poner algo en claro: ¿tú eres el que parlotea noche y día, o eres el vacío donde resuena ese parloteo? También puede ser que no seas ni una cosa ni la otra.
Así que sería interesante que percibas quién eres tú. Pero no hagas nada. Simplemente, permite a tu ser que sea quien eres. Si eres una semilla, no tardarás en descubrir que tienes un árbol adentro. Y si te mantienes ahí otro rato, verás que es un árbol de luz. Basta que dejes de hablar contigo mismo para que aparezca la iluminación. Es como si la noche hubiera resbalado hacia el amanecer. Pero eso es apenas un vislumbre. No tardarás en volver a la noche. Eres como esos bichos que no soportan la luz del sol.
Ramana Maharshi – vuelvo a citarlo – decía que la luna resplandece porque es un reflejo del sol. No se puede negar su gran utilidad, puesto que permite ver los objetos en medio de la noche. Pero cuando el sol aparece, ¿quién puede necesitar a la luna? Es posible, incluso, que tengas ahí a la luna, en pleno día, no muy lejos del sol, pero no la necesitas para nada.
En este caso, Ramana usaba estos términos como una analogía de la mente y el corazón. La mente sirve, es tremendamente útil en épocas de oscuridad. Pero es una miserable gotita de luz refleja. Cuando esa gotita cae en el océano de la luz, la mente desaparece. La luna durante el día también desaparece.
«Cuando está oscuro – insiste Ramana -, es necesaria una lámpara que dé luz. Pero cuando el sol ha salido, ya no hay necesidad de la lámpara; los objetos son visibles. Y para ver el sol no es necesaria ninguna lámpara; es bastante con que vuelvas los ojos hacia el sol en sí y por sí luminoso. Lo mismo pasa con la mente; para ver los objetos es necesaria la luz reflejada por la mente. Para ver el corazón es bastante con que la mente esté vuelta hacia él. Entonces, la mente no cuenta y el corazón es de por sí resplandeciente».
Por eso te digo que no es necesario que hagas nada. ¿Estás en la oscuridad? Bueno, deja que la noche resbale hacia el amanecer. ¿Quién puede hacer que amanezca?, se pregunta con nosotros Anthony de Melo. Nadie. Exactamente nadie puede hacer que amanezca. Así que aquí estás tú, eres nadie. Sólo si eres nadie puedes hacer que amanezca.

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Extraído de "Let it be" - Furia del Lago - Editorial Ananda

3 comentarios:

  1. Las sincronicidades, Furia, son muy curiosas.
    Mientras escribía el post de esta mañana (con paralelismos con este tuyo que acabo de leer) tenía junto a mi mano dos libros de Anthony de Mello. Fueron mi lectura anoche. Yo, como tu, creo que no somos (aunque también) ni el parloteo ni el vacío en que suena. Ni lo que los trasciende, ni...
    Pensaba escribir un post sobre ello, pero prefiero esperar un poco y trabajar lo de los apegos. Si no, la mente se me desboca, sigue siendo pura teoría y la semilla no tiene tiempo de hundirse en la tierra, y mucho menos de que se desarrollen el árbol y sus frutos.
    Un abrazo enorme. Por alguna razón, te siento muy cerca.

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  2. La cercanía es un jardín que el misterio nos da para cultivar. Me encanta la posibilidad de jugar a ser artífices de esta creatividad. Y aprovecho para decirte que me encanta ese blog tuyo (www.delnosaber.blogspot.com), tan movedizo y lleno de sorpresas.
    "Los que duermen habitan en mundos separados; los que están despiertos, en el mismo" (Heráclito).
    Un abrazo, Soledad, sigamos cerca...

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