lunes, 1 de marzo de 2010

La mirada egocéntrica




Si un niño crece en un mundo en el que todos practican el deporte de engañarse a sí mismos, es inevitable que practique el mismo deporte que todos los demás. Ese deporte, el de darle lustre a la importancia personal, es algo que nos inculcan los demás, pero también es algo que luego practicamos por nuestra cuenta. Llega un momento en que funciona de modo automático.

En un puesto de diarios de Los Ángeles había un perrito con un cartel al cuello que decía: “Se vende”. Uno de los que compraban allí su diario habitualmente le preguntó al vendedor, muchacho despierto, cuánto quería por el perro.
- Cien mil dólares, señor.
- Pero muchacho, ¡eso es absurdo! No hay perro que valga cien mil dólares.
- Pues, señor, el precio de éste es de cien mil dólares y no lo doy por un centavo menos.
Meneó el comprador la cabeza, como dando entender que el chico no estaba en sus cabales, y siguió su camino. No obstante, unas semanas después, observó que el perro ya no estaba.
- Hola, muchacho. Ya veo que vendiste tu perro.
- Sí que lo vendí – repuso el chico.

- ¿Y te pagaron lo que pedías?
- Sí, señor.
- ¿Cien mil dólares?
- Ni uno menos, señor. Lo cambié por dos gatos de cincuenta mil.


Para engañarnos a nosotros mismos, somos verdaderos campeones. Se puede admitir, quizá, que alguien venda un auto usado en pésimas condiciones y asegure que anda como nuevo. Pero creerse alguien importante, eso ya es el colmo.
Ahora bien, cuando descubres que engañarse a sí mismo es el deporte internacional por excelencia, también adviertes que vives mezclado con personas que se creen cualquier cosa. En otras palabras, comprendes que existe una red psicológica de acero, en la que todos estamos atrapados. Dentro de ese mundo, sólo se ve sobresalir a la importancia personal.
Esto produce un problema fundamental: nos hace ver el mundo como si estuviera dentro de una caja, tan sólo en función de nuestro propio interés. El mundo entero gira en torno de tu persona y tu importancia personal. A eso se le llama ser egocéntrico. Y eso distorsiona tu percepción. Te hace creer que estás separado del mundo. Es decir, te hace decir: yo y el mundo. Como si yo estuviera en una orilla y el mundo en la orilla del enfrente. El problema de ser egocéntrico es que no te permite ver. Simplemente te obliga tan sólo a mirar. En esas condiciones, evalúas tu perro en cien mil dólares con una facilidad asombrosa.
Hay quienes piensan que ser egocéntrico es lo mismo que ser egoísta. No tiene nada que ver. Ser egocéntrico es una distorsión exagerada de la percepción. Es como ponerse anteojos de mucho aumento sin que te hagan falta, puesto que tu vista está funcionando perfectamente. En cambio, el egoísmo es necesario.
Cada uno de nosotros es independiente con respecto a los demás. En tal sentido, funciona el egoísmo. Por supuesto, el egoísmo irresponsable olvida que, además de ser independiente, eres dependiente. Por lo tanto, somos todos interdependientes. En tales condiciones, si eres responsable, te mueves con egoísmo sano: “yo me hago responsable de cumplir con mi trabajo”. Y si cada uno se hace responsable, no hay problema. Entonces, el egoísmo responsable es necesario, pero el egoísmo irresponsable es producto de la mirada egocéntrica. Es algo que proviene de una distorsión exagerada de la percepción.
El mendigo es producto del avaro. Si tú no fueras avaro, no tendría que aparecer un mendigo por otro lado para equilibrar la balanza. Siempre sucede así: existe una ley de compensaciones. Es lo que suele llamarse karma. En cuanto guardas tu dinero en exceso, tu mujer empieza a tirarte de la manga. Quiero plata, te dice. ¿Dónde estás escondiendo tu dinero?
Cuando se comprende cómo funciona esto, puede verse que tanto el mendigo como el avaro son egoístas irresponsables. Si no hubiera quien acumula dinero, no habría quien tiene que andar por la existencia con los bolsillos vacíos. Pero, el mendigo, ¿quiere trabajar? Porque si no quiere trabajar, entonces su vida es un egoísmo irresponsable. En cambio, si él cumple con la necesidad de ganarse el pan con el sudor de la frente, no tendrá tanto problema.
Todos estos sinsabores de la vida provienen de la mirada egocéntrica. Todos y cada uno quieren ser más importantes que el resto del universo. “Sí, claro, pero eso es lo que me enseñaron en la escuela”, se justifica la víctima. Es verdad, eso es lo que te enseñan en la escuela; pero, ¿quién dijo que en la escuela te enseñan a vivir? Por el contrario, allí es donde refuerzan tu importancia personal. ¿Acaso no te hacen competir con tu vecino de banco, para ver quién es más hábil que el otro para resolver cuentas?
En la escuela enseñan a todos por igual. Justamente, cuando tienen que apreciar las diferencias, no lo hacen. Juan es ducho en matemáticas, Lucía es excelente como dibujante, Mateo se entusiasma con las ciencias naturales, Myriam tiene facilidad para entender el lenguaje y sus vericuetos (y hasta escribe unos poemas magníficos), Lucas es un deportista excelente... A partir de sus diferencias, cada uno puede ir desarrollando sus otras cualidades. El dibujante aprenderá matemáticas y el experto en química podrá desarrollar una inteligencia del idioma. Pero no, eso requiere una atención especial para cada uno. Eso implicaría que la educación nos enseñase a ser responsables. Y para ello, habría que escuchar a cada estudiante, conocer sus problemas, establecer contacto con su mundo interior. Y eso de ninguna manera es algo que el maestro de escuela pretende hacer. El maestro se pone al frente y que lo escuchen a él. “El mundo es egocéntrico; y eso es lo que yo vengo a enseñarles”. Por lo tanto, queridos alumnos, ustedes deben mantenerse en silencio horas y horas; ustedes deben escuchar cada martillazo que el maestro les da en la cabeza. Y aguantarlo en silencio. Si el estudiante tiene problemas en casa, eso no le importa a nadie. Si tu padre murió hace unos días, eso al profesor no le interesa en lo más mínimo. Si tu madre abandonó el hogar para escapar con el mejor amigo de tu padre, eso a nadie le interesa.
El problema del mundo egocéntrico es que puede estar trabajando con pólvora y lo ignora por completo, así que al encender el fósforo aparecen los problemas.
Si leemos la crónica periodística de los últimos tiempos, veremos que en una ciudad determinada un chico de quince años avanzó desde su asiento hasta el escritorio de una profesora y le asestó una puñalada mortal con un cuchillo de cocina que había traído desde su casa. La puñalada llegó hasta el corazón de la profesora, que murió ahí, desangrada, delante de la horrorizada clase.
Otro joven, de la misma edad, entró en el aula con un revólver y empezó a los balazos contra sus compañeros de clase. Mató a varios, hirió a otros y provocó una conmoción mundial. La noticia apareció en los diarios de todo el mundo.
En otra escuela de este mundo egocéntrico y globalizado, dos estudiantes aparecieron con armas largas de repetición y dispararon contra todo lo que se movía delante de ellos. Mataron a catorce personas, entre profesores y estudiantes, hirieron a decenas más y luego se suicidaron. Hubo quienes hasta hicieron películas en torno al tema.
También se registraron más casos parecidos. Pero lo importante es que nos hemos acostumbrado a la mirada egocéntrica y no podemos salir de ella. Nos parece que los bien encaminados somos nosotros y que esos chicos son unos enfermos mentales, unos psicópatas sin remedio. Sin duda, esos chicos están enfermos, qué duda cabe. Pero ¿dónde aprendieron a enfermarse?
La mirada egocéntrica nos transforma en suicidas caprichosos. Seguimos defendiendo nuestra postura, aunque el mundo se nos venga encima. No aprendemos ni siquiera de la adversidad demoledora. Si yo soy importante, si soy lo más importante del mundo, entonces todo lo demás es secundario. Así es como funciona la ley del egocéntrico.
Decimos que ese chico está enfermo y queremos adaptarlo a las reglas habituales del comportamiento social. Pero, ¿y si nuestra sociedad está enferma? No se nos ocurre pensar que quizá estamos tratando de introducir a los jóvenes en un mundo tremendamente insano, degenerado y psicópata. Hace poco una mujer se quejaba a través de la televisión: “Los jóvenes tienen prohibido tomar alcohol, pero sí tienen edad suficiente para ser enviados a la guerra, para que allí los asesinen”. Era una mujer cuyo hijo había sido enviado a la guerra y se lo devolvieron convertido en cadáver. La mujer estaba protestando frente a la residencia del presidente de su país. La molieron a palos y la encerraron en una celda por unos días. Tal es el mundo al que pretendemos introducir a los jóvenes, sin preguntarles siquiera si eso es lo que ellos quieren. ¿Por qué los jóvenes querrían vivir como los adultos? Puesto que los adultos hicieron del mundo un infierno, ¿no habría que dejarlos a los jóvenes que intentaran hacer un mundo mejor?
Pero no, estamos emperrados en seguir el camino que ya hemos elegido. La mirada egocéntrica nos separa del mundo y nos hace creer que el mundo funciona por un lado y yo por el otro.

El cartero marchaba siempre a campo traviesa para acortar la distancia entre dos caseríos. Un día salvó un vallado y se dispuso a cruzar una extensa dehesa, cuando un enorme toro arrancó contra él. El cartero ganó a todo correr la cerca lejana cuando ya el toro lo alcanzaba; lanzó su bolsa repleta de cartas y en seguida saltó la cerca. Cayó del otro lado como un costal de huesos y una vez allí, a salvo ya, se mantuvo un rato sentado sobre el suelo, todo tembloroso, bañado en sudor frío, con los ojos bien cerrados, dejando escapar débiles quejidos. Un extraño que había presenciado el incidente se le acercó y dijo:
- Vaya, amigo, por un milímetro no murió ensartado por ese toro.
- Sí – bufó el cartero -. ¡Y lo mismo me pasa todos los días!


La mirada egocéntrica nos impide ver todos los componentes de la situación, porque sólo presta atención a los deseos personales. “Lo importante es mi propia importancia personal”. Tal sería su lema y su propósito. Lo demás no existe, es algo secundario. Y cada uno de nosotros es introducido en un mundo así, es obligado a comportarse así, debe convencerse de que su identidad es la importancia personal. Esa es la distorsión: la importancia personal te hace creer que eres tu importancia personal. Y luego sales al mundo equipado con esas creencias. Y así te va. A cada rato te topas con un toro. Pero, claro, el toro no existe. O, en todo caso, el toro es un imbécil que no te deja cruzar el campo tranquilo. Lo que importa son tus deseos. Tú deseas cortar camino por el medio del campo y el idiota del toro no tiene por qué interponerse. El profesor tiene que dar una clase y el idiota del estudiante no tiene por qué tener problemas personales. Los piratas se declaran la guerra para robarse unos a otros y el imbécil del joven no tiene por qué negarse a tomar el fusil y marchar al campo de batalla.
La importancia personal, producto de la falsa personalidad, es la gran enfermedad del ser humano. Durante siglos y milenios hemos vivido como esclavos de la mirada egocéntrica. Ni siquiera nos cuestionamos lo que estamos haciendo. Puesto que se viene haciendo desde hace tanto tiempo, hay que seguir así. No nos arriesguemos a entrar en territorio desconocido. Mantengamos nuestros pies en el fango de lo conocido.
Así es como funcionas. Te han adiestrado para funcionar dentro de lo conocido y no se te ha ocurrido pensar, ni siquiera por un momento, que lo conocido es nada más que un consuelo, un invento que te otorga un momento de serenidad en medio de la noche. Pero pretender que lo conocido es todo el mundo, eso es una distorsión mayúscula. Sobre todo porque da por sentado que te conoces a ti mismo y eso es una falacia. Cuando posas tu mirada sobre la persona que eres, comprendes de inmediato que eres independiente (personal), pero también dependiente (impersonal) y por lo tanto formas parte de una interdependencia (transpersonal). Pero si aseguras que tú eres esto y lo otro, ya estás encasillado. Y no sólo te encasillas a ti mismo, sino que contribuyes a que los demás lo hagan también. Así que sueñas despierto y te dices a ti mismo que tú eres alguien que siempre se comporta de esta manera, y que tiene gustos definidos, y que tiene comportamientos predeterminados y que no es capaz de ser espontáneo sino que se aposenta en prejuicios sólidos como rocas. “Yo sé quien soy”, le dices a cualquiera, convencido de que tú eres tu importancia personal. Y puesto que los demás también están convencidos de algo semejante, unos y otros andan por el mundo disputando a ver quién es más importante.
Pero si te levantas a las seis de la mañana y vas a la cocina a preparar un café, te invito a que te sientes y no hagas nada. Pero absolutamente nada. Ni siquiera pienses. Siéntate ahí y quédate siendo. Tan sólo siendo. Sin llenarte la cabeza de ideas. Entonces quizá puedas descubrir que crees que eres esto y lo otro porque sencillamente hablas contigo mismo y te la pasas diciendo que eres esto y lo otro. Pero si no hablas contigo mismo, entonces ya no sabes quién eres. Cuando estás relajado, sin ansiedad, sin deseos, sin ambiciones, sin tu imaginación barata, entonces quién eres. Si alguien viene y te lo pregunta de repente, si alguien lo hace cuando estás así, relajado, sin corazas, sin defensas, sin ideas acerca de ti mismo, entonces, ¿quién eres?

Una pareja estaba dormitando, ella en brazos de él, cuando de repente la mujer se sobresaltó al escuchar un ruido leve. La mujer se levantó de un salto y le dijo al hombre:
- Levántate, rápido, rápido, creo que viene mi marido.
El hombre se levantó de un salto, tropezando con las sábanas y sus propios pies, agarró su pantalón como pudo y quiso ponérselo al vuelo, pero se enredó en la prenda y cayó de bruces, mientras la mujer lo apremiaba y le decía que se dejara de estupideces.
- Apúrate, idiota, que no nos descubra.
El pobre hombre salió así, medio vestido y medio desnudo, a través de la ventana y escapó en medio de la noche, rumbo a la nada.
Un minuto después, la mujer escuchó el timbre de la puerta principal. Se asomó a ver y vio que allí estaba el hombre que había escapado por la ventana.
- Ábreme, idiota, que yo soy tu marido.


Ya ni siquiera sabes quién eres, confundido como estás por la mirada egocéntrica. Te han dicho que eres tu importancia personal y te lo creíste. Los toros te acometen a cada paso, pero tú sigues tratando de cortar camino hacia la nada. ¿Hasta cuándo andarás a los tumbos por la adversidad? Tal vez ya sea hora de que te sientes en el silencio de la cocina, a tomar tu café y preguntarte: ¿quién soy? Las respuestas que encuentres, puedo asegurártelo, serán asombrosas.



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Extraído del libro "El Amor Consciente" - Furia del Lago - Editorial Ananda

6 comentarios:

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  3. Hola, Nanako. Ya me enteré de que tu abuelo te avisó que publicaríamos esta nota en el blog. Yo le avisé ya que te ha gustado mucho... Me alegra que te guste, porque eso demuestra que los adolescentes pueden ocuparse de cosas profundas (y chistosas, claro). Esto era un artículo que salió publicado hace mucho en la revista Paradiso, que era la revista que editaba tu abuelo. Luego fue incorporado dentro de un libro. Te recomiendo ese libro, porque creo que es de lectura bastante fácil y puede hacerte pensar en cosas nuevas. Ya he visto que de vez en cuando apareces por este blog y me regocijo con ello. La juventud siempre bienvenida...

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  4. Lo que creo que soy está ocultando un gran abismo, lo que verdaderamente soy. Y la costumbre nos hace sentir temor ante el abismo. Por eso, la importancia personal sigue haciendo de las suyas.
    Supongo que todo es cuestión de observar lo que pasa con ella, dejarla que haga lo que hace (o supone que hace) y ver a través de ella.

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  5. Oso, si te pones en el borde, ves un abismo. Si estás en el centro, ¿a quién le importa si es un abismo?

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  6. vengo leyendo despacito tu blog completo. Es una maravilla, lo mejor que lei en muchisimo tiempo. Aporta una enorme claridad.
    gracias

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