martes, 10 de agosto de 2010

Agua viva



Seis de la mañana de un domingo. En un canal de televisión por cable está empezando un espacio que se titula “Holograma”, donde presentan a Raimon Pannikar, un filósofo catalán que habla sobre la necesidad de seguridad de la gente.
Lo que pasa – dice – es que cada uno de nosotros vive la experiencia de “la gota de agua”. Mientras estamos de paso por aquí somos una gota de agua y, de pronto, un buen día, la gota cae en el mar y desaparece.
La gente se aterra con esta perspectiva, pero eso es así tan sólo porque han sido entrenados en la frecuencia del miedo; se les dijo que tienen que aferrarse a las cosas, a la vida, a los sentimientos. Pero la vida es un río y en ese río eres una gota y esa gota un día terminará en el mar. Y todo eso no tiene nada, absolutamente nada de malo. Precisamente porque nos aferramos a las cosas existe la inseguridad en nuestra vida y nunca dejará de existir mientras pretendamos ser propietarios de la vida, simplemente porque no podemos ser dueños de la existencia ni de nada.
“Simplemente – dice Pannikar desde la pantalla – tienes que preguntarte qué eres: ¿la gota de agua o el agua de la gota?”
Es una lástima que no podamos aferrarnos a las cosas, a la gente que amamos, a los paisajes que nos alegran el corazón, a la música que nos hizo bailar, a la poesía que nos llevó de viaje. Pero, bueno... es una lástima, y nada más...
Si tanto amamos la vida, entonces tendremos que comprender que la vida es un río, un instante, un viaje infinito, un caleidoscopio que está girando en una espiral cósmica sin fronteras. Así como una casa está hecha de cal, cemento, arena y ladrillos, el material de la vida es la transformación. Estamos transformándonos sin cesar. Comprendamos con rigor científico y corazón abarcante que nada se pierde, todo se transforma.
Aprendes lo que la vida te enseña. Observa el instante: nace y muere al mismo tiempo. Por eso es eterno, es la eternidad misma; porque acepta la sorpresa de su propia muerte para ganarse un nacimiento elaborado por el asombro y volver a soltarse, morir de inmediato para el pasado y lanzarse al desconocido momento que está viniendo ahora mismo. Pero todo esto es mental. No existe un instante detrás del otro, no existe ningún instante. La sucesividad es pura imaginación que usamos funcionalmente.
Se nos ha educado de modo tal que tenemos miedo de vivir. Y tanto miedo tenemos que nos cuesta comprender que la vida es así, transformación pura. Que nosotros nunca, nunca jamás, podremos ser propietarios de nada.
Hubo gente que nos engañó, que nos dijo que tendríamos “éxito” si poseíamos determinadas riquezas o alardeábamos de tales honores. También estuvo el que nos convenció de que es necesario tener poder sobre los demás, manipularlos para robarles energía, dinero, lo que sea. La publicidad que nos tragamos afirma que tener es el verbo sagrado. El rumor que nos creímos asegura que dinero es sinónimo de felicidad.
Lo extraño de todo esto es que vivamos sufriendo tanto. La gente se pregunta cómo hicimos para que la vida de los seres humanos se haya convertido en un infierno, sin darse cuenta de que una generación ha metido a la siguiente – como si fuéramos ovejas – en un corral donde los letreros luminosos anuncian a cada rato: “Sálvese quien pueda”. Y así andamos, como en la época de Abel y Caín, el hermano destrozando al hermano, sin saber por qué la vida se ha vuelto tan desesperante ni cómo hicimos para que nuestro corazón haya tragado tanto veneno. “¿Por qué matamos a quienes han matado a otros? ¿Para demostrar que matar está mal?” (Esta es la doble pregunta de Norman Mailer). “¿Para qué se nos antoja esclavizar al prójimo?; quizá sea – reflexiona Dionisio Mayor a su vez – para olvidar que no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra propia vida”.
Cuánto miedo a la libertad. Vivimos aferrados unos a otros, desangrándonos (literal y metafóricamente) buscando el éxtasis que nos robaron junto con la infancia, tratando de encontrar en la maraña de la desesperación el camino entre los matorrales que conduzca directamente al paraíso perdido. Por eso, cada vez que encontramos un poquito de placer nos aferramos con dientes y uñas a sus talones, a sabiendas de que igual se nos escapará.
Un simple repaso nos permitirá comprobar que nuestra vida ha sido un aprendizaje constante. ¿Y qué es lo que estamos aprendiendo? Estamos aprendiendo a fluir. A fluir con el río de la vida.
Somos una gota de agua. Somos el agua, que se endurece con el frío y se evapora con el calor, pero sigue siendo agua, tanto en la nube, como en el mar, como en la savia o en el manantial. Somos el agua de la vida, que no termina de fluir, que no termina de buscarse a sí misma, que no termina...

---------------------------------------------------


Extraído del libro "Señales de Vida", de Furia del Lago - Editorial Ananda


18 comentarios:

  1. WOW!...Me encantó!!! ¡Que bueno!...La verdad es que me gusta todo lo que escribes, es un placer visitarte.

    ResponderEliminar
  2. Querida Furia, recién ahora a mis 61 años, y luego de mucho trabajo, de mucho esfuerzo, estoy empezando a sentirme una gota de agua en este río increíble que es la vida y sí, casi sin darme cuenta he empezado a fluir.
    Impecable escrito.
    Te mando un abrazo grande.
    Silvia

    ResponderEliminar
  3. Querida Furia, iba asintiendo con la cabeza según leía tu maravillosa entrada
    no tiene desperdicio, fluir...fluir...con la vida como esa gota de agua en el océano , esa gota que vuelve a su hogar de nuevo silenciosamente, sin hacer nada sin proponérselo, es su principio , su destino eterno, es permanecer sin esfuerzo
    Somos el agua de la vida, que no termina de fluir, que no termina de buscarse a sí misma, que no termina...
    para que buscarse si ya se encontró?

    Hermosas palabras que salen de tí , gota a gota de tu océano de sabiduria

    Abrazos y agradecimiento para tí, amiga mia

    ResponderEliminar
  4. Muy bueno. Gracias. Parece que suele surgir miedo de falsas creencias como la de que la desaparición del ego es la desaparición de nuestro ser. O por creer en la falsa creencia de que abandonar el ego supone una vida más insulsa o aburrida, por exceso de "pureza" jejeje... ¡Pero qué va! ¡Nada que ver! No hay motivos para temer lo ilimitado. El ego no es nada, es solo límites ilusorios, basados en suposiciones falsas. El ego es solamente lo "limitado". Soltarnos a lo ilimitado no solamente no es el fin del ser, sino que conduce a una sensación de plenitud, de mucho más ser que la vivencia limitadora llamada ego o creencias humanas.

    Un saludo y gracias por el post :-)

    ResponderEliminar
  5. Sólo darte las gracias a ti, Furia, y a los compañeros por compartir esta agua viva.
    ¡Seis de la mañana de un domingo!, ¡Vaya!, sí que madrugas:))
    Un abrazo amiga!

    ResponderEliminar
  6. Muy cierto todo lo que dice Pannikar, y si que es cierto que hay miedo, que cuesta fluir. Nuestras células tienen memoria de nuestros ancestros, limpiar todo eso cuesta tiempo ...
    Ufff, como me gustaría ser esa gota de agua, sin más y fundirme en el océano ... la sensación de libertad es total, es el mayor goce que hay, la apertura al Todo.
    Pero hay limitaciones, y hay que aceptarlas.
    Solo con el trabajo diario, en mi caso de meditación, podremos alcanzar esos estadios de goce y libertad plenos.
    Gracias, querida Furia, un texto realmente brillante y enriquecedor.
    Un dulce y amoroso abrazo.

    ResponderEliminar
  7. Gracias por la fiesta de risas que me dí con tu respuesta del post anterior, gracias por estas gotitas transparentes y cálidas.

    ResponderEliminar
  8. Gracias furia: Por fluir por la vida conmigo

    Somos una gota de agua del inmenso mar y todas las gotas se necesitan para formar el océano.
    Un gran abrazo.

    ResponderEliminar
  9. Agua viva que danza y vibra el eternamente cambiante fluido que somos todos...

    ¿Puede el agua abrazarse a si misma? Como gotas de agua que corren al encuentro sobre un cristal, sin distancia ni tiempo, mi danza es tu danza, mi sustancia la tuya, nacida de las aguas, nacida del amor.

    Un beso, aunque... ¿puede el agua besarse a si misma? ;D

    ResponderEliminar
  10. Me alegra que te guste, Victoria. Te devuelvo el placer que me da visitar tu blog.

    ResponderEliminar
  11. Estamos fluyendo, Silvia. Y cada vez nos resulta más fácil darnos cuenta de ello. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  12. Mi agradecimiento para ti, Arianna, que siempre fluyes conmigo en este viaje por la vida. Un abrazo grande.

    ResponderEliminar
  13. No hay motivos para temer, es verdad, Toni. Lo conocido es limitado. Pero en cuanto salimos de esos límites, aparece la plenitud. Gracias por compartirlo. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  14. Hola, José Manuel. Lo que en realidad quería subrayar es que ese tipo de programas nunca están en el horario central de la bendita televisión. Pero lo de madrugar me viene por puro hábito de trabajo, de lunes a viernes. Y los fines de semana, pues mi cuerpo se despierta solo a la hora de costumbre.
    Coincido contigo en que formamos una especie de fraternidad virtual, incorpórea y hasta milagrosa, que nos permite compartir las honduras de nuestras indagaciones en estos paseos por los blogs. Damos lo mejor y recibimos lo mejor. Mínimo contacto, máximo resultado. Gracias a ti, compañero de viaje. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  15. Hola, Sina querida. Cuando llegan esas revelaciones de la meditación, se descubre que ya eres esa gota de agua que fluye. Tú eres eso. Las limitaciones son tan sólo un espejismo. Con saber que son un espejismo, ya no te engañan. Y eso es meditar, ¿no es así?
    Un beso.

    ResponderEliminar
  16. Y yo siempre estoy contenta con tu visita, Santosham, porque tú también recorres los costados más graciosos (llenos de gracia) de estas indagaciones tan escasamente convencionales que nos hacemos.

    ResponderEliminar
  17. Gracias, querida Nanako, por fluir por la vida conmigo.

    ResponderEliminar
  18. Hola, Teresa.
    Un maestro de Tai Chi se paró delante de sus alumnos y les pidió que contaran los movimientos que hacía, sin caminar. Así que movió las manos en distintas direcciones y luego preguntó: “¿Cuántos movimientos hice?” Todos respondían encimándose unos con otros: “Diez, doce, nueve, once…” El maestro sonrió y les dijo: “Uno solo”.
    Tu danza es mi danza, querida Teresa. Con beso incluido.

    ResponderEliminar