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domingo, 14 de marzo de 2010

Rebelión en la Granja


Los repollos han crecido desmesuradamente anoche. Mona Petra se limpia el sudor con un brazo, mientras se apoya en la azada.
Atila Malvicino se ha encandilado con la marcha de un gran caracol que deletrea su destino por entre las calabazas.
Franca La Volpe pasea por un camino nuevo entre las filas del maíz con Hilario Guazzone. A veces, la brisa viene cargada por un lamento extraño, estremecedor.
- Alrededor de la chacra merodean los fantasmas. Son nada más que sombras sin cuerpo, no te asustes -, le dice Franca.
- Pero el terror me mantiene despierto – dice Hilario.
- Eso es bueno, entonces – comenta Franca -. En este sueño, lo mejor es andar despierto.
Bajo un jacarandá, Eleuteria estudia sus apuntes de Surrealismo Social (clase dictada por Luciana Bach) sin entender su propia letra del todo:

El horizonte es una golosina para niños y tú añoras la jaula construida con ilustraciones por el devoto de la certidumbre.
No morir, esa gran fantasía, pasea por los corredores de un castillo edificado con naipes que afloran en el hocico balbuceante del profesor dormido.
El sonido crepitante de las conversaciones deposita sus ecos en el puentecejo del tiempo y allí es donde agoniza tu viaje si no te dejas abofetear por el aplauso de una sola mano.
Detrás de lo invisible puedes hallar lo visible.
Mira cómo se desliza por la danza del único movimiento.

Angelo Nero entra en escena con su bicicleta multicolor y pasa tocando el timbre.
- Bravo, bravo – lo saludan Sibila Presenza, Nadia Fontán y Bruno Pozzo, que vienen trayendo carretillas cargadas con zanahorias.
- Socorro, socorro – grita Selene del Giorno desde lo alto de la casa del árbol.
Ulises trepa rápidamente, pero cuando llega arriba no ve ningún peligro.
- Era una mariposa que entró de golpe por la ventana y me hizo brotar unas ganas de besar imparables – explica Selene, mientras explora con su boca las ganas que tiene Ulises de dejarse besar en la boca.
Por allá, bajo un techo de paja, están Lucila Crown, Heliana Fortuna y Vera Preziosa, cocinando en una gran cacerola para todos.
Perla Noble recibe ayuda imprevista de parte de Angelo Nero, que ha dejado su bicicleta recostada contra una costilla del maizal. Ahora los dos arrancan yuyos en una zona todavía imprecisa del zapallar.
Hilario quiere saber por qué los fantasmas no pueden entrar en la chacra.
- No conocen la contraseña – le explica Franca.
Claro está, Hilario queda contraído en la duda. ¿Acaso él la conoce? Pero no se atreve a ir más allá.
- ¿No vas a preguntarme cuál es la contraseña? – inquiere Franca.
- Sí, sí, eso estaba por preguntarte – asegura Hilario.
- Gracias por todo, no tengo de qué quejarme.
- ¿Cómo dices?
- Esa es la contraseña – replica Franca.
Aparece otra bicicleta multicolor. Es Nanako del Giorno, vestida con una túnica transparente. Angelo Nero la ve y se monta rápidamente en su bicicleta, para ir en persecución de Nanako. Los dos gritan, se ríen o cantan, no se sabe qué, y desaparecen en la espesura a todo pedal.
Hilario y Franca, entonces, ayudan a sacar yuyos a Perla, mientras Ulises, que ha bajado (temblando) de la casa del árbol, también hace su aporte. A todo esto, Atila ha sido aceptado como ayudante de cocina.
Pasan las horas, los meses o los siglos, qué más da. De repente, se escuchan gritos de alegría, risas desenfrenadas: son Angelo y Nanako, que vienen a toda carrera y, los dos al mismo tiempo, quieren cruzar por un pequeño puente que atraviesa la acequia en una zona donde no corre mucha agua. La inevitable colisión termina con los dos en un chapuzón esplendoroso y exagerado, mientras los demás corren a verlos. Nanako y Angelo, desarmados de la risa, salen de allí embarrados de pies a cabeza y arrojan pelotas de fango a los curiosos, que se defienden con los brazos en alto. Pero Ulises y Mona se meten en el lodazal y también ellos agarran pelotas de barro que arrojan al que se cruce y esto provoca que los otros hagan lo mismo y en menos de un parpadeo todos estén metidos en la gran batalla del fango, a los gritos y las carcajadas. Cuando ya están casi descompuestos de tanto reírse, se tira cada cual por su lado a tratar de respirar normalmente.
- ¡A comer! – grita Heliana.
Cada uno se levanta como puede y se dirige a la gran mesa del almuerzo.
- Parecen momias resucitadas – declara Lucila cuando los ve aparecer.
Se lavan las manos (y algo de los antebrazos) y se van sentando uno junto al otro, mientras Atila y Vera sirven los platos de arroz con verduras. Antes de comer, Heliana pone sus dos manos encima del plato y dice:
- Gracias por todo, no tenemos de qué quejarnos.
Vera comenta que hay un lugar vacío y pregunta quién está faltando. Ella misma se contesta: Selene.
La llaman a gritos y Selene baja de la casa del árbol con cara de sueño persistente. Cuando ocupa su sitio, saca un papel del bolsillo y recita:

El arte de dar la vida
no se enseña ni se aprende.
Pero el que acaso lo olvida
y compra lo que se vende,
gastará todo por nada,
lo mismo que se desprende
del momento este momento
y de la herida la espada.
Lo que escribes en el viento
no es más que una quijotada.

Todos comen en silencio. La brisa sigue contando la historia del presente.


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Extraído del libro "Principio de Incertidumbre", de Furia del Lago - Editorial Ananda


lunes, 1 de febrero de 2010

Teoría del Ritmo



Hilario Guazzone es presentado en "Principio de Incertidumbre" por Vera Preziosa. Dice que es un muchacho promisorio, o algo por el estilo.
- Hasta se trajo un poema compuesto por él, una décima.
Le piden que la lea:

Eres amor sin razón
de ser: el amor es vida
y eres vida, corazón,
que palpitas sin salida
porque eres todo. Y amante
del amor eres y amado
por esta audaz zambullida
del cielo en el sol radiante,
que cuanto más ha brillado
se transforma en más brillante.

La lectura es recibida con silencio. Hilario se muerde los labios. Al fin, Selene opina que el poema "es una cagada". Algunas risitas le hacen coro. Vera Preziosa le palmea el hombro a Hilario para decirle que aquí los elogios son al revés.
- Pobre muchacho – comenta Ulises.
- Se tiene mucha lástima – suma Heliana.
- Déjenlo, hace poco ha quedado huérfano – agrega Vera, con una sonrisa enorme.
Hilario, desconcertado, siente que la sangre le sube a la cabeza.
- ¿Para qué escribes sobre el amor si no entiendes nada? – lo interroga Sibila.
Pero Perla se acerca con parsimonia y lo mira a los ojos. Entonces, acaricia lenta, ritualmente, la mejilla de Hilario. Luego le da un beso en la frente, en la cara, en la nariz, en la otra mejilla, todo con una lentitud extrema, mientras el silencio carcome la escena. Y se va de ahí, rumbo al ventanal.
Hilario, pese a sentirse acosado por las miradas de los otros, va detrás de Perla y le pregunta:
- ¿Por qué lo hiciste?
- Porque me das asco – replica ella.
La carcajada general arrastra incluso al mismo Hilario, que al fin, por una vez en la vida, se siente en casa.


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Extraído de "Principio de Incertidumbre" - Furia del Lago - Editorial Ananda

Jardín con casa celeste





Sibila Presenza está llevando a Nadia Fontán de la mano por un camino de luz hacia una casa celeste, amurallada por glicinas que cuelgan de la niebla. Pero Nadia no entra en la casa. Se queda sentada en una banca de color amarillo, invadida por madreselvas, para dejar que el silencio encarne su anhelo. Está en un jardín que no conoce límites, en una danza de sentimientos que parecen venir desde todos los confines del mundo.
La niebla deja ver a un hombre que está dialogando con unas flores, allí a lo lejos. Nadia quiere ir hacia él, pero el hombre (que en las manos lleva unas herramientas de jardinería) parece que se aleja cuanto más ella se acerca.
"Mejor será que deje de buscarlo porque terminará desapareciendo", piensa ella. Pero apenas lo piensa, el hombre aparece a su lado, detrás de un rosal. El hombre le habla en un idioma extraño y familiar a la vez. Ella parece comprender lo que dice pero, apenas lo capta, ese conocimiento desaparece y ella queda con la sensación de no retener nada.
- Es que aquí no puedes tener ni retener – le dice el hombre, que le adivina el pensamiento -. Sólo si estás presente puedes vivir en este mundo.
Esta revelación causa en Nadia un impacto considerable. El jardinero la toma con amabilidad de la mano y la invita a que tome asiento. Nadia lo hace, pero siente que el jardín se desvanece.
- ¿Cómo te llamas? – pregunta.
El jardinero le dice su nombre y lo escribe en un papel. Según dice, lo hace para que Nadia lo encuentre alguna vez y recuerde cómo volver a la casa celeste. Pero Nadia ya casi no lo escucha. Ha venido Sibila Presenza y se la lleva por el camino de luz. Las dos están viajando por un mundo de formas cambiantes.



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Extraído de "Principio de Incertidumbre"- Furia del Lago- Editorial Ananda.