Mostrando las entradas con la etiqueta Huecos en la Enredadera. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Huecos en la Enredadera. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de abril de 2010

Arte Poética



El cosmos cabe adentro de un punto que, dentro de sí, anida otro punto, y que dentro de sí tiene otro punto más, sin que haya medida que los alcance, por más veloz que sea.
Tanto en idioma de ida como de vuelta, a esta composición se la conoce con el nombre de infinito.
Basta que atesores el cosmos dentro de ti, para que te quedes sin palabras. Una sola palabra dejaría sin madre a tu cosmos y sin hijo.
Por eso, haber hablado de “tu” cosmos, si queremos comulgar con rigor sin fisuras, es una simple licencia poética, porque ya está visto que eso (lo que acaso llames “tu” cosmos) no es más que una semilla de un árbol exterior y de otro interior. Me dirás que cada árbol produce miles de semillas y que todo esto parece el juego de nunca acabar. Es que nunca se acaba.
El infinito es eso que (dentro y fuera de ti) está yendo más allá de sí mismo. Así que palabras como “adentro” o “afuera” son igualmente licencias poéticas. Sirven para trazar el mapa de lo inefable con su propio territorio.
“Y yo mismo, ¿qué soy?”, puede que te preguntes. “Yo mismo” también es otra licencia poética.



------------------------------------------------------------------------------------


Extraído del libro "Huecos en la Enredadera", de Furia del Lago - Editorial Ananda

viernes, 19 de febrero de 2010

El acto puro


El momento que nace es el momento que muere. No puedes hallar dos momentos en ninguna parte, porque tan sólo hay uno.
Acción y reacción, cuando lo ves, se complementan de tal modo que una se transforma en la otra, se devoran a sí mismas.
Sólo te queda el acto, puro en sí mismo, sin divisiones.
Cuando estás presente, tú mismo eres el presente.
Estás muriendo y naciendo al mismo tiempo.
Estás viviendo.
------------------------------------------------------------
Extraído de "Huecos en la Enredadera" - Furia del Lago - Editorial Ananda

domingo, 7 de febrero de 2010

Descenso y retorno




Por la noche, en medio del sueño, alguien ha construido una escalera caracol en una depresión del jardín, porque ahora Ulises Ursino y Selene del Giorno la ven, abierta entre las rosas, descender hacia la niebla de colores que hunde sus peldaños en el misterio.
“No deberíamos bajar”, piensa Selene, pero no le gusta sucumbir al miedo y sigue los pasos descendentes de Ulises. A medida que avanzan hacia la profundidad vaporosa, los escalones pierden consistencia. Ulises resbala y va cayendo por un lodazal inclinado. Selene grita y pierde también el equilibrio. La caída parece interminable, pero de pronto Selene choca con el cuerpo de Ulises, ambos en posición horizontal.
Después de un rato, mientras sus ojos tratan de acomodarse a la nueva situación, Ulises pregunta:
- ¿Dónde estamos?
Selene ni siquiera responde. Se oyen voces, no muy lejanas. Resbalando y sufriendo, Selene y Ulises buscan a tientas en la oscuridad. Rápidamente se descubren rodeados por figuras humanas que deambulan y desvarían sin rumbo. La oscuridad del lugar les impide distinguirlos, pero a fuerza de estar ahí sus ojos van recuperando la capacidad de percepción. Un hombre, andrajoso y alicaído, dialoga con su amigo imaginario. Una joven anda con los brazos en alto, tratando de atrapar burbujas que flotan en el aire. Más allá, un muchacho golpea con sus dedos, rítmicamente, una mesa. Una señora está mirando una pantalla de televisión vacía y es probable que lleve así horas, días o años. Pero la noción del tiempo y la del espacio, que en otra época les han parecido automáticas y simples, ha desaparecido del manojo de conocimientos de Ulises y Selene. Apenas si se reconocen entre sí, pero un miedo creciente les invade: han caído en un infierno. ¿Cómo salir de ahí?
- Trata de recordar algo – le dice Ulises.
- No recuerdo nada – replica ella.
- Algo, algo – insiste Ulises.
Pero Selene mueve la cabeza con pesar, angustiada. La visión de ese lugar, donde se amontonan las almas en pena, les causa terror a los dos.
- Tenemos que salir de aquí.
- Pero es que no recuerdo a dónde – responde Ulises.
- No sabemos más quiénes somos – agrega Selene.
- Si lo supiéramos, saldríamos de aquí en seguida – afirma él.
Selene se sienta en el suelo y con el dedo está dibujando garabatos. Ulises resopla con furia. No es el momento de hacerse la niña, piensa, desesperado. Siente que un solo minuto más en ese lugar puede ser fatal. Tiene miedo de quedar allí para siempre, como todos esos fantasmas que siguen deambulando a su alrededor. De solo verlos, Ulises entra en pánico. Por eso, sigue con la mirada clavada en el piso.
- ¿Qué estás haciendo? – le pregunta a Selene.
Ella permanece ahí, sentada en el piso, con sus garabatos. Pero Ulises se agacha y mira. Entonces le pregunta qué es eso.
- Estoy aprendiendo a escribir – le responde ella, con la mirada un poco extraviada y la sonrisa congelada.
- No entiendo – dice Ulises -. ¿Qué es eso?
- Esto es una letra – responde Selene.
Ulises mira y trata de recordar. Es como si en el fondo de su abismo personal hubiera un lugar donde todo eso tiene sentido. Selene juega con una letra y otra, las combina, luego las borra con un gesto ligero y vuelve a escribir sobre la tierra. De repente, se queda en trance, como si un descubrimiento la hubiese apuñalado.
- ¿Qué pasa, qué pasa? – inquiere Ulises con angustia.
- Aquí dice “amor” – descubre Selene.
Un viento no muy fuerte los sacude, pero ellos miran en la dirección indicada por la ráfaga y descubren una especie de abertura luminosa. De repente, han recuperado la sensación de ser ellos mismos. Selene se pone de pie en un salto, se dan la mano y salen corriendo hacia el lugar luminoso. Ulises da vuelta la cabeza y les grita a los fantasmas:
- ¡Vengan, vengan, aquí está la salida!
Pero nadie lo escucha, así que los dos salen corriendo hacia un lugar cada vez más nítido. Árboles y plantas esbozan sus figuras, más allá se ve una calle: están en el campus universitario de la Facultad de Ciencias Inexactas. Los dos caminan alborozados por un mediodía radiante. Franca La Volpe les sale al paso y les comenta que tienen caras de haber dormido mal.
- Tuvimos una pesadilla – dice Ulises.
Pero aprieta la mano de Selene y eso parece indicar que ninguno de los dos contará su experiencia. Al menos, por el momento.


-------------------------------------------------------


Extraído de "Huecos en la Enredadera" - Furia del Lago - Editorial Ananda



sábado, 6 de febrero de 2010

Pegament




Si la gente tuviera memoria, mi tío Basilio Miliathanakis pudo haber pasado a la historia. Pero, si se lo piensa más a fondo, quizá sea mejor que no lo recuerden.
Basilio fue el inventor de la famosa máquina de solucionar problemas, aunque ya nadie se acuerde de aquello. Tuvo un gran sentido de la oportunidad, porque apareció con su invento en medio de una crisis descomunal. El mundo entero se veía sumergido, por aquel entonces, en La Gran Depresión, famoso estado de ánimo social, que tuvo su auge cuando la economía estaba llegando a su cúspide productiva. Por entonces, la gente disfrutaba de muchas horas de ocio. Y eso, a unos y otras, los anegaba en un gran pozo de inanición, donde sólo cabía preguntarse: ¿qué se hace cuando no hay nada que hacer? De ahí a la depresión personal, no había más que un paso.
Miles y millones de personas que vivían arrastrándose por la existencia, sin ganas ni de levantar un dedo, terminaban por hacerse la inevitable pregunta: ¿qué sentido tiene vivir? Tan sólo unos pocos se animaban a hacerse responsables de su existencia particular. En general, estaban adiestrados para dejar todo en manos de otros. Y cuando uno es incapaz de hacerse responsable de su vida, entonces sucumbe a la depresión. Toda persona que sufre una depresión está incurriendo en ese mecanismo: no quiere hacerse responsable de su vida. Esto es una conclusión que yo he sacado de tanto estudiar el asunto, pero no quiero adelantarme a los hechos.
En medio de tan lóbrego panorama, Basilio irrumpió con su invento. Al principio, se lo conocía como Solument, o también como Inteliment, pero el ingenio popular terminó por llamarlo Pegament; y así era como se lo mencionaba en todo el mundo.
Pegament era presentado como un prodigio de la computación. Según afirmaban las agencias concesionarias de venta, cualquier persona podía introducir una tarjeta con la formulación del problema específico, para que la máquina elaborase la solución correspondiente. “Pero Pegament no es una máquina cualquiera – declaraban los vendedores -. No atacará simplemente los síntomas, sino que irá directamente y sin rodeos a la raíz del problema”.
Claro está, de la teoría a la práctica hay mucha plática, recuerda el trabalenguas, así que los usuarios de Pegament se encontraron, cada vez que la utilizaron, con una complicada situación. Para explicar lo que ocurría, podemos acudir a un ejemplo.
Una persona cualquiera se aparecía con el problema que se le antojara, el más obtuso aun, y podía esperar una solución. No olvidemos que Pegament era presentada como una máquina “más que humana”, capaz de resolver cualquier problema. Así que, para nuestro ejemplo, podemos usar el caso de Juan. Este Juan compró la famosa Pegament y, de entrada nomás, le introdujo esta pregunta: ¿Qué sentido tiene la vida? La máquina tardó apenas ocho segundos en responder. Para ir a fondo, anunciaba Pegament, habrá primero que profundizar en siete aspectos de la cuestión. Y los enumeraba. Juan se retorcía de placer de solo pensar en aclarar los siete enigmas, pero no lograba ir a fondo en ninguno de ellos. Después de un esfuerzo considerable, ya desesperado, Juan introdujo nuevas tarjetas en la máquina, una para cada problema. Pegament respondió con velocidad incomparable...con siete nuevos problemas para cada uno de los planteados. Ahora Juan tenía en sus manos un total de cuarenta y nueve problemas nuevos para solucionar. La serie, como se comprenderá, era infinita. Así, Juan podía llegar sin casi darse cuenta al fin de sus días con un cargamento de problemas que excedía la capacidad de sus espaldas y terminaría por sucumbir al peso de tanta pesadilla. Su caso era similar al de cualquier otra persona.
Mi tío Basilio, cuando le pregunté, se declaró abatido por la situación. Me dijo que, en realidad, él había inventado la máquina porque con ella pretendía demostrar que el ser humano se ha metido en su propia trampa y es incapaz de salir de la encerrona.
- La máquina simboliza la mente – confesó -. Solucionar problemas lo único que puede hacer es crear más y más problemas. La gran necedad del ser humano es la de concebir a la vida como si fuera un problema. No lo es. La vida es un misterio insondable. Hay que vivirla, no utilizarla.
Basilio decía que, al concebir los problemas, el hombre se había equipado simultáneamente con una mente; y agregaba que toda mente es, de por sí, utilitaria. Una entidad tal, por empezar, se creerá separada de la vida misma y tratará de utilizarla. Eso convierte a la vida en un problema que ramifica más y más problemas, hasta el infinito. Sin darse cuenta, pretende que la vida está hecha para servirme a mí (esa mente en particular, llamada Fulano de Tal) y hará todos los esfuerzos posibles para que la vida me sirva a mí. La mente no es más que una manera de llamar a esa enfermedad del egocentrismo. Al inventar Pegament, Basilio creyó que la gente se daría cuenta del endiablado mecanismo y trataría de volver a la esencia de la vida, es decir, a servir a la vida y no pretender que la vida nos sirva. Pero no hubo caso, la gente enloqueció. Y ahora cada cual anda por la vida con su Pegament privada. No tenerla es un símbolo de fracaso. Hay que ser un auténtico perdedor para no tener una Pegament.
Cuando estaba a punto de morir, Basilio se lamentó por haber dado a conocer su invento. Dijo que la humanidad todavía está inmadura para la libertad. Pero yo, a veces, cuando los días no están nublados, pienso que algunos pocos se cansarán de veras y abominarán de tanto embrollo. Algunos, quizá, cansados de tanto delirar, despertarán y saldrán del sueño.



------------------------------------------------------------



Extraído de "Huecos en la Enredadera" - Furia del Lago - Editorial Ananda